Libros

En octubre de 1868, cuando Bayamo se convirtió en la primera ciudad libre de Cuba, Perucho reprodujo de memoria, a solicitud de la entusiasta multitud, aquellos versos que fueron pasando de mano en mano y que, tiempo después, reconoceríamos como nuestro Himno Nacional.

Muchos lo habían escuchado alguna vez por la radio clandestina, lo habían visto en fotos con su barba, espejuelos grandes y fusil con mirilla telescópica, pero todos querían conocerlo personalmente, aunque fuera a distancia. Y este momento se acercaba al oír de boca en boca la noticia de que Fidel, con su Columna No. 1 José Martí, estaba próximo a la ciudad, y que de un momento a otro entraría en ella. La Caravana de la Libertad causaba grandes expectativas entre la población que se aglutinaba en calles, avenidas y plazas, entre ellas el parque Serafín Sánchez. El día era frío, la temperatura bajaba más de la tarde a la noche, y una llovizna fina, de tipo invernal, golpeaba a quienes aguardábamos el instante de la llegada.

Hay quienes hacen, en determinado momento, un aporte valioso a la sociedad en uno u otro campo, y por diversas razones no vuelven a destacarse en el resto de su vida, lo que no resta méritos a la contribución realizada. Otros, en cambio, son capaces de marchar a la vanguardia durante largos años, hasta que viejos o enfermos el cansancio los vence, sin que por ello dejen de merecer el respeto y la consideración de todos.

En sus páginas podremos revivir los preparativos para el asalto al cuartel Moncada, el combate en el hospital civil Saturnino Lora, las horas que vivió en la prisión en Boniato, su estancia en el Reclusorio Nacional para Mujeres en Guanajay y el rencuentro con Fidel a su salida de Isla de Pinos.

 

Como hablar de Haydée significa no olvidar a Abel, él también da vida a las páginas de esta obra. Él le mostró el camino que debían recorrer los hombres y las mujeres, para lograr su independencia, y ella fue ferviente aprendiz.

 

–¡Atención! ¡Recuento! Abren y chirrían las puertas de hierro del interior de la galera, las de cada celda; salimos al pasillo, nos alineamos frente a un oficial acompañado de un soldado y un recluso. Así ha sido invariablemente todos los días a las seis de la mañana y de la tarde, y también otras veces para una requisa por sospecha o por precaución. En esta ocasión nos notifican que después del recuento nos trasladarán y nos ordenan que recojamos nuestras pertenencias. Un preso trae un lápiz en una mano, una tablilla en la otra y sobre ella una planilla sujeta con una presilla de presión donde va anotando según nos cuentan: “uno, dos, tres, cuatro...”. Así va contando hasta veintiséis, pues el resto de los que estaban junto a nosotros en la galera ya fueron puestos en libertad. Los había de diferentes partidos políticos: comunistas, ortodoxos, auténticos; un ex jefe de la policía en Santiago de Cuba, estudiantes, un comerciante con la mujer y su chofer. Ahora, solo nosotros. Todo está más tranquilo y las celdas de los ya mencionados vacías, pues al declararnos nosotros culpables los pusieron en libertad.

Como me ha ocurrido en otras pocas ocasiones, estas páginas atraparon mi interés de inmediato y literalmente no paré de leer hasta concluirlas.

Estoy seguro de que a la mayoría de mis compatriotas —y quizás a no pocos en el extranjero— les ocurrirá lo mismo con esta enjundiosa conversación entre un joven y talentoso periodista cubano, y un veterano protagonista de buena parte de los momentos más trascendentes de la gesta que aún libramos, por preservar la plena independencia y alcanzar, como aspiró Martí, toda la justicia para nuestro pueblo.

Wilmer Rodríguez no acude al contrapunteo ni a preguntas de difícil respuesta. Resulta evidente su coincidencia con el entrevistado en muchas apreciaciones y que comparten iguales convicciones políticas y principios éticos.

La empatía se reafirma por descender ambos de campesinos humildes. En sus trayectorias hay, por tanto, similitudes, pero sobre todo diferencias radicales. Guillermo nació y creció en una de las etapas más desoladoras del capitalismo dependiente que se enseñoreó sobre Cuba. Wilmer ha tenido que enfrentar y vencer las vicisitudes y retos de estos años nada fáciles, pero teniendo a su alcance las conquistas de la Revolución y el Socialismo.

Páginas