La más profunda religión de El Curita (1).

18 de Marzo de 2025

Sergio González, «El Curita», jefe de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio en la capital. Foto: Trabajadores

 

Atravesó el zaguán de la pequeña imprenta y el aroma de la tinta fresca unida al fragor de las máquinas le hizo sentir una efímera calma en medio de la vorágine de la lucha. Con una mirada de vuelo de águila Sergio González López comprobó que todo marchaba bien, tomó entonces una de las páginas recién salidas de los cilindros, y recostado a la pared más cercana dejó correr la vista sobre uno de los párrafos:

 

«(…) se nos enseñó a querer y defender la hermosa bandera de la estrella solitaria y a cantar todas las tardes un himno cuyos versos dicen que vivir en cadenas es vivir en oprobios y afrentas sumidos, y que morir por la patria es vivir. Todo eso aprendimos y no lo olvidaremos, aunque hoy en nuestra patria se está asesinando y encarcelando a los hombres por practicar las ideas que les enseñaron desde la cuna. Nacimos en un país libre que nos legaron nuestros padres, y primero se hundirá la Isla en el mar antes que consintamos en ser esclavos de nadie.»1

 

Eran las palabras de Fidel Castro ante el Tribunal de Urgencia de Santiago de Cuba, ese que lo juzgó por el asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953. Desde la prisión en Isla de Pinos el joven líder había logrado rehacer su alegato de defensa, y entonces las letras luminosas de La historia me absolverá encontraron asidero en la imprenta de Sergio, situada en la calle Águila de la Habana Vieja, entre Dragones y Reina, en medio del bullicio de la antigua Plaza del Vapor.

 

Todo estaba escrito allí: la gloria vivida, los combates presentes, la frente alta, el sacrificio, la libertad… solo en aquellas ocho líneas. La fuerza y juventud de sus 34 años estaban al servicio de esos ideales en la dura batalla contra la dictadura de Batista; y su taller de letras vibrantes impresas en negro, de conspiraciones, refugio para los perseguidos por los sicarios, era una suerte de cuartel general de los clandestinos que, desde el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, sacaba a la luz propaganda revolucionaria. 

 

A Sergio le llamaban «El Curita» en alusión a los 10 años que dedicó al estudio del sacerdocio, —los cuales terminaron cuando acarició las suaves manos de Gladys y entendió que su existencia no podía prescindir de sus amores—, seudónimo repetido cientos de veces entre los revolucionarios, silenciosa precaución para obviar su nombre y mantener oculta la identidad del hombre que más de una vez estremeció a La Habana con sus acciones.

 

La primera vez que lo detuvieron fue en 1956, junto a otros compañeros, y allí, a su imprenta al servicio de los dignos, el sanguinario Esteban Ventura Novo entró como una ráfaga de espantos y frialdad. Después, solo a él enviaron al Castillo del Príncipe; pero al día siguiente tuvieron que soltarlo, pues Saúl González, el único que logró escapar, acudió de inmediato a la prensa y la noticia corrió de boca en boca como un resguardo para su vida.  

 

Mucho le faltaba por luchar aún a quien llegaría a ser uno de los jefes más corajudos del Movimiento 26 de Julio. Un año después resultaría otra vez prisionero. Tras cinco días de torturas que le ocasionaron la pérdida de la audición del oído derecho, entró de nuevo a los lóbregos calabozos del Castillo del Príncipe, testigos de su intensa huelga de hambre en julio de 1957.

 

Soportó la inanición, los agotamientos, y alentaba a los demás, no permitía que bajara la moral, y continuó la resistencia voluntaria. Tenía alma noble, hombro dispuesto siempre a sujetar al necesitado, y también una fortaleza grande en sus convicciones, férrea voluntad, las cuales le daban las energías que en esos momentos precisaba su organismo. El 30 de julio llegó a sus manos una carta de Sergito, el mayor de sus cuatro hijos, en la que le decía: «Ya has hecho bastante por tu ideal, papá. ¡Deja la huelga de hambre!».

No es difícil imaginar el tamaño del dolor de ese niño, de sus hermanos y de su madre frente a las difíciles circunstancias de un ser tan querido; como tampoco la estatura moral del padre. Ante tal pedido él, rápidamente, le respondió en una carta que es hoy inmenso símbolo de coraje y sentimientos patrios:

«Mi querido hijo Sergito:

»Recibí tu carta, me alegró mucho que me escribieras, pero recibí más disgusto que alegría; me pides que abandone la huelga, que ya he hecho bastante. Oye bien, Sergito, lo que te voy a decir, que sea la última vez en tu vida que me insinúes siquiera nada que sea indigno y cobarde. Si fuera un delincuente, un vicioso, está bien que me digas que deje eso; pero no es así, lo que hago es pelear contra Batista y todos los asesinos que lo rodean.

 

»Si fueras tú el que estuvieras en esta lucha, preferiría mil veces que murieras en ella a que fueras un cobarde desertor o traidor. Si yo muriera por esta causa, tú tendrías que sentirte orgulloso de mí; pero si por cobarde la traicionara, cuando fueras grande, tendrías vergüenza de decir que eres hijo mío. (…) me interesa, mucho, que ustedes tres sean tres hombres valientes y honrados, que sepan exigir sus derechos aunque les cueste la vida, para que no sean esclavos en su patria. Si tuvieras unos cuantos años más, estarías conmigo luchando por la paz soñada o estarías en la Sierra Maestra, con Fidel, empuñando el fusil por la libertad de tu patria, y si te negaras a eso no podrías decir que eres hijo mío (…)».2

 

Así de fuerte era su convencimiento en la justeza y necesidad de su causa, y ni siquiera el reclamo de un hijo lo apartaría de sus esfuerzos para continuar luchando. Meses después, en octubre, una audaz fuga lo alejaba con cada paso de los barrotes, y situaba en la peligrosa trinchera de la clandestinidad. En esos instantes de la huida, de sigilo y premura absolutos, tal vez las palabras le llegaban como en rompiente de mares al pensamiento, las humeantes a tinta de su imprenta, las de la carta del hijo, las de su respuesta, y las de aquel párrafo de La historia me absolverá: «primero se hundirá la Isla en el mar antes que consintamos en ser esclavos de nadie». Esa era la más profunda religión de El Curita: la libertad de Cuba.

 

Referencias

 

1 Fidel Castro Ruz: La historia me absolverá, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, p. 89.

  Archivo Revista Carteles.

 

  • Su temple y audacia lo convirtieron en uno de los líderes más osados de la clandestinidad habanera durante la lucha contra Batista. Foto: Revista Carteles.

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