Martí, el joven que no sabía odiar.
La luz de la cámara centelleó por unos segundos, y tras las breves volutas de humo se guardó la imagen de aquel muchacho de 17 años, rapado, de ojos profundísimos, con un sombrero oscuro en la mano izquierda, y un grillete desde la cintura al tobillo. Era 5 de abril de 1870, el primer día de José Julián Martí Pérez en el Presidio Departamental de La Habana. Lorenzo Cabrera, el fotógrafo del penal, anotaría después al pie de la instantánea: «113», su número de preso, cuando ya a Pepe, como le llamaba su madre, comenzaba la anilla de hierro a herirle la carne y el alma.
En las últimas horas de aquella tarde, como él escribiría, sus manos habían movido ya las bombas, su padre gemido junto a su reja, y sus hermanas elevaban al cielo una oración empapada en lágrimas por su vida. Sin embargo, a pesar de la tragedia horrible que sobre él se cernía, su espíritu estaba «enérgico y potente»Esa noche, decidido a enfrentar la desgracia, esperó paciente la llegada de quienes serían sus compañeros entre el gemir de los picos contra la piedra y el de los hombres ante el dolor, envueltos todos en la misma desdicha y el polvo denso de las canteras de San Lázaro.
Nicolás del Castillo, el anciano de 76 años condenado a diez de los trabajos forzados, apareció ante sus ojos como un cadáver que respiraba, con sangre coagulada en la ropa, la espalda cubierta de llagas, y un rostro agónico que aún se atrevía a sonreír, como si su bondad fuese lo único inmune a las hostilidades. Los dolores intensos del viejo Castillo entraron en el corazón de Martí como las hojas filosas de los aceros; los sintió hondamente desde ese instante en que lo vio y para siempre cargó con ellos en su pecho.
Lo miró sin pestañar, y no pensó siquiera que al día siguiente él podría tener heridas así, sino que, como él escribiera, sintió un cariño acendrado hacia ese infeliz campesino, compasión por sus flageladores, y espanto, de que hubiese manos sacrílegas que manchasen con sangre sus canas.
Ese fue el mismo sentimiento que se le adentró en el espíritu cuando contempló al niño Lino Figueredo, de 12 años apenas, asustadizo y desorientado, andar por primera vez en la hilera de sombras desahuciadas, sin entender por qué lo separaron de su «taitica y mamita» y lo habían llevado a aquel lugar de horrores indecibles. «Mi alma volaba hacia a su alma. Mi vida hubiera dado por la suya» .
Martí vivió y sufrió las angustias de los otros, de los tristes prisioneros condenados a la dureza de la roca y el insulto, de la cárcel y el escarnio, pero ni los sufrimientos de su padre, por saberlo padeciendo tales penas, lograron sembrarle en el corazón un adarme de rencores: «¡Y qué día tan amargo aquel en que logró verme, y yo procuraba ocultarle las grietas de mi cuerpo, y él colocarme unas almohadillas de mi madre para evitar el roce de los grillos, y vio al fin, un día después de haberme visto paseando en los salones de la cárcel, aquellas aberturas purulentas, aquellos miembros estrujados, aquella mezcla de sangre y polvo, de materia y fango, sobre que me hacían apoyar el cuerpo, y correr, y correr! ¡Día amarguísimo aquel! Prendido a aquella masa informe, me miraba con espanto, envolvía a hurtadillas el vendaje, me volvía a mirar, y al fin, estrechando febrilmente la pierna triturada, rompió a llorar. Sus lágrimas caían sobre mis llagas, yo luchaba por secar su llanto; sollozos desgarradores anudaban su voz, y en esto sonó la hora del trabajo, y un brazo rudo me arrancó de allí, y él quedó de rodillas en la tierra mojada con mi sangre, y a mí me empujaba el palo hacia el montón de cajones que nos esperaba ya para seis horas. ¡Día amarguísimo aquel! Y yo todavía no sé odiar» .
Seis meses estuvo Martí en aquel infierno, hoyo triste de las miserias del coloniaje español, sepulcro de hombres, de niños, y de allí salió con el cuerpo enfermo, el alma nublada por los lamentos del viejo Castillo, la inocencia mancillada de Lino, y las dolencias profundas de todos los que junto a él penaron; pero también con la pluma lista, y la sangre que a diario bañaba las canteras, se transformó en la tinta con que escribió: El presidio político en Cuba, terrible y necesario recordatorio de la vileza peninsular en la isla, vivencias estremecedoras que fraguaron su temple de luchador contra la infamia y por los pobres del mundo; ese que lo llevaría a entregar todas su energías a la causa de una Cuba libre.
Todavía, desafiando al tiempo y mostrando su mirada límpida, permanece la foto que le tomaran a Martí el primer día de su martirio en San Lázaro, donde pueden leerse aún, como símbolo de su pureza y fortaleza de espíritu, los versos que enviara a su madre junto con el retrato el 28 de agosto de 1870: Mírame, madre, y por tu amor no llores, /si esclavo de mi edad y mis doctrinas, /tu mártir corazón llené de espinas, /piensa que nacen entre espinas, flores.
Fuentes consultadas
1-José Martí: El Presidio Político en Cuba, Imprenta de Ramón Ramírez, Madrid, 1871.
2- Ídem.
3- Ídem.




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