Dos Cumbres para la guerra bajo el pretexto del combate al narcotráfico. (II)
La Alianza puede no ser solo contra el narcotráfico
Aunque el objetivo inicial es combatir el narcotráfico, una preocupación se hace evidente, tras analizar las declaraciones del Presidente, su secretario de Guerra y del Jefe del Comando Sur, que será quien deba implementar la estrategia, porque esa Alianza podría emplearse en otros frentes.
Entre ellos, para el control migratorio, en operaciones antinsurgentes o contra grupos armados no estatales, así como en esfuerzos de presión política y militar sobre los adversarios de EEUU.
Este potencial uso multipropósito genera inquietud sobre la verdadera naturaleza de la alianza y su impacto en la soberanía de los países latinoamericanos y caribeños.
En sus declaraciones sobre el tema, el 5 de marzo, el secretario de Guerra Pete Hegseth, ratificó que EEUU sigue considerando una amenaza a la seguridad hemisférica la presencia en la región de potencias extra regionales. La iniciativa que vio luz el 7 de marzo, tras el discurso de Trump, también tendría entre sus fines trabajar en pos de ese objetivo, muy probablemente.
Reacciones regionales
Las respuestas a ambas reuniones han sido variadas, desde el apoyo firme, como el de los gobiernos de derecha que participaron, hasta preocupaciones y denuncias obvias.
Parece evidente que la militarización del combate al narcotráfico, sin otras líneas de esfuerzo para combatir ese flagelo, pueden derivar en incidentes de seguridad y potenciales violaciones de la integridad territorial de nuestros países, así como en la muerte de personas que no necesariamente están vinculadas al narcotráfico.
Las pruebas más evidentes son los asesinatos extrajudiciales que lleva a cabo la Administración Trump, en el marco de la operación «Lanza del Sur», al bombardear sin presentar evidencias presuntas lanchas «narcoterroristas», que los mismos estadounidenses admiten que no representan un peligro para la seguridad nacional de ese país.
Muy preocupante resulta que la estrategia se convierta en un instrumento de presión política más que en una solución viable para enfrentar el narcotráfico y otras ilegalidades. No resultaría extraño, el artífice principal de la idea se caracteriza por su doble moral, por incumplir acuerdos y promesas y por atacar a terceros países en medios de negociaciones.
Si no bastara esto, vale recordar que el poderoso despliegue militar que condujo a la agresión contra Venezuela se justificó igualmente con el combate al narcotráfico. Por tanto, no puede descartarse que se esté fraguando desde EEUU una estrategia similar.
Un escudo que no defiende, sino que ataca
La diferencia actual subyace en que el «Escudo de las Américas» se plantea como una coalición militar, con operaciones conjuntas y un discurso más agresivo. Se trata de un proyecto de mayor alcance, con mayores riesgos políticos, diplomáticos y militares.
Las dos reuniones en la Florida apuntan a un cambio en la política hemisférica. «Escudo de las Américas» se presenta como un esfuerzo sin precedentes con implicaciones militares contra el narcotráfico, respaldado por las preocupantes declaraciones de Trump, Hegseth y Donovan.
En la práctica, constituyen la materialización de las Estrategias de Seguridad y Defensa Nacional de EEUU, que abiertamente señalan que para ese país el Hemisferio Occidental constituye una prioridad y que incrementará la presencia militar, en función de proteger sus intereses de seguridad nacional.
Ha quedado demostrado, por experiencias previas, que la militarización y la fuerza no resuelven el tema del narcotráfico. Se corre, una vez más, que el esfuerzo, de manera fortuita o provocada, se salga de control y dé paso a un mecanismo de intervención que nada tendría que ver con sus objetivos declarados.
Para Cuba y otros Gobiernos que no se plegaron a esa peligrosa iniciativa solo queda estar atentos y prepararse, todo el mundo sabe, y la historia lo demuestra, que la presencia militar norteamericana en América Latina y el Caribe solo se ha saldado con agresiones militares.

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