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 “La historia del hombre contada por sus casas” es uno de los más interesantes textos de La Edad de Oro. 

 

En él, José Martí recopila toda una serie de edificios que tipifican edades y pueblos, y a través de ellos, de forma amena, cuenta la historia de la humanidad. 

 

Con similar idea, hemos tomado prestado el título para contar la historia del propio Martí, un hombre que es símbolo de nuestro pueblo. Así hacemos libro sus ideas: “Los edificios son como las palabras de los pueblos, y sus símbolos”.

 

Hace ya mucho tiempo leí que Fidel Castro es una de las personalidades más fotografiadas de su tiempo. No tengo duda alguna de que así sea, debido a su larga ejecutoria pública por casi cincuenta años: sus viajes por diferentes países, su presencia en numerosos foros internacionales y sus tantos encuentros con otras personalidades de relieve mundial de las más variadas esferas sociales. Todo ello, desde luego, explica por qué las lentes le persiguieron por todas partes: no se entienden el siglo xx y los inicios del actual sin su presencia, siempre activa, renovadora, cuestionadora, como el mismo proceso revolucionarioque encabezó.

Mi primer encuentro con Mario Augusto Carranza Rivera, Guatemala, se produjo de manera casi fortuita. Me encontraba inmerso en una investigación para un libro biográfico sobre el destacado combatiente  Ramón Paz Borroto, ocasión en que un testimoniante —el coronel de la reserva Ángel Joel Chaveco Hernández— me remitió hacia Mario para precisar datos y referencias puntuales porque, según me dijo con palabras muy propias: Guatemala era “memorión”, en alusión a su virtud de recordar hechos con significativa precisión.
 

A los compañeros que integraron la Comisión de Colaboración y Abastecimientos; a la Oficina del Segundo Frente Oriental Frank País que presidía el comandante Belarmino Castilla Mas; a la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado; a la Editorial Capitán San Luis; a la Federación de Mujeres Cubanas. Además, a la Oficina del Historiador de las FAR, a la Dirección Nacional de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, a la Casa Editorial Verde Olivo y a todos los que apoyaron en la búsqueda de nombres y apellidos de los compañeros que aparecen de una forma u otra en la obra.

En sus páginas podremos revivir los preparativos para el asalto al cuartel Moncada, el combate en el hospital civil Saturnino Lora, las horas que vivió en la prisión en Boniato, su estancia en el Reclusorio Nacional para Mujeres en Guanajay y el rencuentro con Fidel a su salida de Isla de Pinos.

 

Como hablar de Haydée significa no olvidar a Abel, él también da vida a las páginas de esta obra. Él le mostró el camino que debían recorrer los hombres y las mujeres, para lograr su independencia, y ella fue ferviente aprendiz.

 

Este libro representa una pequeña parte del heroísmo de que han hecho gala por siempre las mujeres cubanas, fieles defensoras de la soberanía de la Patria y luchadoras sin descanso, hombro con hombro, afrontando el peligro con valentía y decisión. También están presentes las autoras de este libro, que dieron el paso al frente, que no repararon en esfuerzo y sacrificio y que contribuyeron de un modo importante al entrenamiento y organización de las mujeres en los años iníciales de la Revolución.

 

 

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