El último combate, en vida, del general Antonio (II)
«La libertad se conquista con el filo del machete, no se pide;
mendigar derechos es propio de cobardes incapaces de ejercitarlos».
Antonio Maceo
(Carta al coronel Federico Pérez: El Roble, La Habana, finales de junio de 1896.
La escribe mientras se repone de su herida de guerra número 24)
Alrededor de las ocho de la mañana, llega Antonio al campamento mambí de San Pedro. La proximidad del héroe mítico, a quien todos suponían en Pinar del Río, causa un estallido de júbilo en las tropas. Es la Segunda División del Quinto Cuerpo del Ejército Libertador, integrada por los regimientos Santiago de las Vegas, Goicuría, Calixto García y Tiradores de Maceo: unos cuatrocientos cincuenta hombres en total, al mando del coronel Sánchez Figueras, jefe de la Brigada Sur.
El Titán ordena al general Miró alistarse para salir cuanto antes hacia el Cuartel General de Gómez –si es posible, este propio 7 de diciembre–, y llevar con él a Panchito Gómez Toro. Quiere al muchacho junto a su padre. «Es muy belicoso, cualquier día me le dan otro balazo», dice Antonio refiriéndose al joven, su ayudante y ahijado, quien sostiene un brazo en cabestrillo desde que resultó herido en combate, cuatro días antes, cerca de la loma de la Gobernadora.
El vencedor de Peralejo, escucha detalles de un posible alzamiento en la capital de la isla, que deberá coincidir con un ataque mambí a Marianao. Se entusiasma. Es justo lo que anhela hace tiempo. Decide entonces, estremecer la villa de San Cristóbal esa misma noche, antes de continuar viaje al encuentro del Generalísimo. Las autoridades coloniales, que lo creen cercado en Vueltabajo, tendrán que admitir su presencia en La Habana.
Sin embargo, la felicidad dura poco. Una ingrata tarea le ocupa casi toda la mañana, hasta las once: entrevistas con representantes del mando habanero en quienes percibe discordia. Todos quieren ser jefes.
Cuando al fin queda solo en su tienda, se descalza, pone sus armas bajo la hamaca y se tiende a estudiar un plano de Marianao. Razona la mejor estrategia para la acción nocturna.
Luego del almuerzo y el café –ya es la una de la tarde–, Antonio pide a Miró que les lea, a él y a los jefes reunidos de nuevo allí, pasajes del libro que escribe: «Crónicas de la guerra». El catalán le complace.
De repente, mientras Maceo comenta una frase del relato sobre la batalla de Coliseo, interrumpen la tertulia detonaciones que se oyen seguidas de descargas cerradas. En cuestión de segundos, el Titán pasa del asombro a la cólera por la sorpresa enemiga. Necesita la ayuda de un asistente para incorporarse de la hamaca. Se pone las botas, se ciñe las armas y, tal como acostumbra previo a un combate, ensilla él mismo su caballo: garantía de seguridad sobre los estribos.
Una vez montado, desenvaina el machete y ordena al teniente coronel Piedra Martell que busque un corneta a fin de reorganizar a la tropa, dispersada en medio de la confusión inicial por el asalto que arrolló la guardia mambisa e invadió el campamento.
No aparece el corneta. Antonio no espera más, y parte al galope rumbo al sitio donde los tenientes coroneles Juan Delgado y Alberto Rodríguez, al mando de unos cuarenta hombres, han hecho retroceder a la vanguardia ibérica. Acompañan al Titán, cuarenta y cinco jinetes de su Estado Mayor y de la escolta: entre ellos, sus ayudantes, el general Miró y el doctor Zertucha. Panchito debe permanecer en el campamento a causa de su herida.
Los infantes españoles se protegen tras una cerca de piedras en el callejón del Guatao, y su caballería aguarda desplegada a ambos flancos, sin intenciones de reanudar la ofensiva.
Nada presagia el infortunio que se avecina.
Fuentes:
- Aparicio, Raúl. Hombradía de Antonio Maceo. La muerte presentida. Muerte en San Pedro (pp. 363-370). Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 2001.

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