EEUU se equivoca, ni la «máxima presión» y ni el efecto dominó doblegan a Cuba. (II)
Los Díaz-Balart y compañía parecen ignorar que la Revolución Cubana no solo constituye un sistema político, sino que se nutre de un imaginario de resistencia nacional que ha superado las seis décadas de hostilidades.
Olvidan también que la GNC precisa de cabecillas y de un movimiento contrarrevolucionario en el país que no existe, pues sus exponentes no gozan del prestigio y el valor que se precisa para lograr esos objetivos.
Cuba no pierde tiempo, ha comenzado a prepararse
Frente a este escenario, la respuesta del gobierno cubano ha sido firme. En sus declaraciones, el presidente Miguel Díaz-Canel ha rechazado las amenazas de Trump y ha reiterado que Cuba no se amilanará.
Pero más allá de las palabras, las acciones son evidentes. Sus más recientes entrevistas concedidas a prestigiosos medios de prensa estadounidenses, como la revista «Newsweek», dejan ver a un presidente decidido y comprometido con una idea, que no ha dudado en dejar saber al público y al gobierno estadounidenses que Cuba no se quedará de brazos cruzados ante la agresión imperialista.
Fuentes oficiales y medios de prensa han dejado saber que las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) han intensificado su preparación militar, junto al pueblo, que cada viernes participa en el Día de la Defensa. La doctrina defensiva cubana, «Guerra de Todo el Pueblo», contempla una resistencia asimétrica que busca disuadir cualquier intento de invasión mediante la certeza de que el costo para el enemigo sería significativo.
Las amenazas de guerra que llegan desde Washington y Miami violan la Carta de las Naciones Unidas y representan un peligro para la paz regional. La comunidad internacional, salvo contadas excepciones, observa con preocupación, pero no adopta acciones para detener una eventual escalada militar contra Cuba.
La política de Estados Unidos hacia Cuba bajo el segundo mandato de Trump ha roto esquemas. Ya no se trata del bloqueo económico o de disputas diplomáticas. El mundo asiste a un diferendo bilateral que ha incorporado explícitamente la amenaza bélica como herramienta de presión.
Pocas veces, en los momentos más complejos de la llamada Guerra Fría, se había observado de esta manera. Se vio también en momentos como la desaparición del campo socialista o la caída de la URSS; tras la invasión de Panamá en 1989, y tras las invasiones de Afganistán e Iraq, en 2001 y 2003, respectivamente.
La euforia pocas veces conduce por buenos caminos
La agresión a Venezuela y el secuestro de su Presidente fue esta vez la chispa que ha desatado la euforia en Miami. No acaban de entender que con Cuba no hay comparaciones válidas ni «efectos dominó».
Dos visiones antagónicas chocan: por un lado, la derecha anticubana cree que la destrucción de la Revolución es cuestión de tiempo, como también lo cree Trump, confiando en la asfixia económica y en la posibilidad de una intervención militar limitada.
Cuba ha optado por la resistencia activa, preparándose para una de guerra de desgaste. La pregunta que queda en el aire es si Trump está dispuesto a llevar sus amenazas más allá de la retórica, arriesgando un conflicto con costos humanos y políticos impredecibles, como está demostrando Irán, en Medio Oriente. Cualquier acción militar estadounidense no encontrará una población pasiva, sino una nación movilizada en defensa de su soberanía.
Las tradicionalmente cálidas aguas el Caribe se han calentado aun más desde enero de 2025, como resultado de una política intervencionista que ya ha visto cómo se secuestra a un presidente en ejercicio, ante la impunidad del mundo.
No parece que la locura de los estrategas de oficina de Washington pretenda detenerse en Caracas, ahora apuntan a Cuba, aunque en Irán el tiro les haya salido por la culata y ni siquiera sepan qué van a hacer, después del fracaso estratégico que para Washington ha supuesto la agresión contra Teherán. Si fuesen inteligentes, debería ser ese el espejo a utilizar al planear una guerra contra Cuba. Si lo fuesen…

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