Céspedes: de San Lorenzo al alma de la patria (II)

26 de Febrero de 2026

El diário perdido de Carlos Manuel de Céspedes

 

 

«Céspedes, el hombre que postuló el sacrificio

como condición de la libertad».

 

Cintio Vitier

 

Cuando Céspedes despierta el 27 de febrero de 1874, a eso de las siete de la mañana, ya el batallón español Cazadores de San Quintín ha tomado posiciones a la vista del caserío de San Lorenzo. Los ibéricos aprovechan la lluvia intensa, continua, a fin de acercarse con sigilo a través de la espesura.

 

Horas antes —plena madrugada—, dicha tropa y otra columna de infantería venida de El Cobre, habían desembarcado en el cocal de la playa Sevilla, desembocadura del río homónimo en la costa sur oriental. Ambas fuerzas, a las órdenes del coronel José López y el comandante Luis Rovira Ladrón de Guevara, navegaron desde el puerto de Santiago de Cuba, a bordo de las cañoneras Alarma y Cuba Española.

 

El plan del mando hispano, suponía rodear el asentamiento de San Lorenzo mediante una clásica maniobra en forma de pinza. Tan compleja misión, concebida al detalle, en sitio intrincado, remoto, casi inaccesible, y contra un indefenso villorrio sin importancia estratégica, no parece algo rutinario o casual, como han sugerido algunos, sino resultado de información obtenida del servicio de inteligencia peninsular, de una delación cubana o de ambas fuentes. Es muy posible que aquellos soldados —o al menos sus jefes— supieran que en esa cumbre próxima al cielo se refugiaba quien había alzado a Cuba en armas, su primer presidente y responsable de que la isla continuara en pie de guerra, dispuesta a conseguir su independencia del imperio español.

 

El desembarco a oscuras, bajo la lluvia, y el ascenso en iguales condiciones a la zona montañosa, provocan que la tropa de El Cobre se extravíe y llegue a destiempo al teatro de operaciones. Pero los Cazadores de San Quintín, con la ayuda de un práctico, hallan el sitio sin mayores dificultades y se apostan vigilantes. Mientras aguardan por los compañeros retrasados, interrogan con la vista cada bohío en busca de su objetivo.

 

A media mañana, pasadas las diez, Céspedes despeja las dudas acerca de su presencia en el lugar, cuando atraviesa a pie, solo, el claro de unos cien metros que separan su vivienda de la ocupada por las hermanas Beatón. Aquel señor vestido con elegancia propia de salones, no puede ser otro que el «Presidente Viejo».

 

La jefatura del batallón Cazadores de San Quintín, decide no esperar más. Apresta a sus hombres para tomar el caserío.

 

Carlos Manuel se detiene donde las Beatón, amigas de Bayamo, inquiere por su salud y charla con ellas mientras degusta el café que le brindan. Se despide con la promesa de aceptarles, al fin, un almuerzo al cual se ha resistido durante más de un mes —cinco semanas y un día—, desde su mismo arribo a San Lorenzo el viernes 23 de enero, pues sabe que esas buenas mujeres nada poseen en abundancia.

 

Entre la maleza, los soldados enemigos avanzan procurando no ser vistos.

 

Céspedes se asoma ahora, respetuoso, al bohío de las viudas. La pequeña Rita le recibe con la alegría y el cariño de siempre, y llama a su madre. Luego de los saludos, el precursor de La Demajagua se interesa por el asma de la niña, pregunta a Panchita cómo se siente hoy y si la tozudez de las aguas ha causado estragos en casa. Tina sale un momento de su habitación, da la bienvenida al visitante y regresa con su hijo. Entonces, Carlos Manuel y Panchita se sientan a conversar. No hablan mucho. Los interrumpe una chiquilla que viene a pedir un poco de sal y, muy asustada, avisa de españoles por todas partes.

 

El expresidente se incorpora de súbito y desenfunda el revólver. Dice a Panchita que andan tras él; la exhorta a que se salven ellas internándose con los niños en la manigua.

 

Revólver en mano, sale del bohío a la carrera, a fin de ponerse a salvo, justo cuando media columna ibérica se desplaza por un flanco de la explanada rectangular de San Lorenzo con el objetivo de cercar el predio. Le disparan.

 

Quizás debido a la sorpresa, a que desea alejar el riesgo de las mujeres a como dé lugar, a que presume al enemigo llegado por el norte, o a todo eso a la vez, Céspedes no va hacia el remanso del Contramaestre donde se baña a diario, rumbo con mayores probabilidades de burlar la persecución; en cambio, se dirige al noroeste, rompiendo monte. Lo siguen un capitán, un sargento y cinco soldados. El resto de la columna ocupa el caserío.

 

Mientras avanza, Carlos Manuel siente aproximarse a los militares hispanos. Se ha jurado no caer prisionero. Primero muerto.

 

Fuentes:

 

  • Leal Spengler, Eusebio: El diario perdido de Carlos Manuel de Céspedes. Ediciones Boloña. Colección Raíces. La Habana, 2018.
  • Acosta de Arriba, Rafael: Los silencios quebrados de San Lorenzo. Casa Editora Abril. La Habana, 2018.
  • Traba, Evelio: El camino de la desobediencia. Ediciones Boloña. Colección Raíces. La Habana, 2017.
  • Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba. Primera parte (1510-1898). Tomo 2: Acciones combativas. San Lorenzo (pp. 293-294). Casa Editorial Verde Olivo. La Habana, 2014. Reimpresión, 2016.
  • Bianchi Ross, Ciro: Cómo murió Carlos Manuel de Céspedes. Juventud Rebelde, 8 y 15 de octubre de 2016.
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Comentarios

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