Tarará duele y enorgullece

17 de Febrero de 2026

Orosmán Dueñas, Yuri Gómez y Rafael Guevara fueron velados en el edificio del Ministerio del Interior. Foto :Granma

 

La madrugada del 9 de enero de 1992 dejó una herida imborrable en la conciencia colectiva cubana. Un acto de violencia extrema, nacido de la desesperación y el cálculo criminal, arrebató la vida a tres jóvenes y condenó a un cuarto a una agonía de 37 días que todo el país siguió con el corazón encogido.

 

Los hechos son conocidos, pero su crudeza no pierde impacto. Un grupo de siete personas intentó robar una embarcación en la Base Náutica de Tarará para huir ilegalmente hacia Estados Unidos. Su motivación no era solo «el sueño americano», sino la expectativa concreta de acogerse a la Ley de Ajuste Cubano, una política que desde 1966 otorga un trato migratorio privilegiado y único a los ciudadanos cubanos que llegan a territorio estadounidense, incluso por medios ilegales.

 

La operación fue brutal y criminal. Mediante engaño y traición, redujeron, golpearon y ataron al custodio Rafael Guevara Borges y al guardafronteras Orosmán Dueñas Valero. Al fracasar en su intento de hacerse a la mar, regresaron y comenzaron la masacre. Asesinaron a los dos hombres indefensos y, al llegar los refuerzos, abatieron al sargento de la Policía Nacional Revolucionaria, Yuri Gómez Reinoso. El sargento Rolando Pérez Quintosa, alcanzado por cuatro balazos, fue dado por muerto.

 

Pero Rolando sobrevivió. Y en un último esfuerzo sobrehumano, con su vida escapándosele, proporcionó la clave que llevaría en horas a la captura de los asesinos: identificó al cabecilla. Esa valentía final no pudo, sin embargo, ganar la batalla por su propia vida. La nación entera se aferró, día tras día, a los partes médicos. Se movilizó lo mejor de la ciencia cubana. Se buscaron medicamentos en el extranjero, tropezando incluso con la negativa de una corporación norteamericana debido al bloqueo. Fue una lucha épica y pública por salvar a un muchacho de 23 años.

 

Su muerte, el 16 de febrero, fue un mazazo. El duelo era nacional. En el cementerio Colón, el 17 de febrero, el dolor se mezclaba con una rabia profunda y una pregunta colectiva. El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, en sus palabras de despedida, sentenció: «Asesinar es repugnante, asesinar a hombres desarmados y amarrados es, sencillamente, monstruoso».

 

Lo que más estremeció entonces, y persiste en la memoria, es la naturaleza del crimen. No fue un enfrentamiento, sino una ejecución a sangre fría de jóvenes que cumplían con su deber de vigilancia. Los asesinos no eran opositores políticos; eran, según se demostró en el juicio, delincuentes comunes.

 

La tragedia expuso con crudeza cómo la política estadounidense es capaz de alentar a individuos sin escrúpulos a cometer atrocidades con la esperanza de una recepción heroica al otro lado del Estrecho.

 

Para los cubanos que vivimos aquella época, niños o adultos, Tarará se convirtió en un nombre asociado a una tristeza peculiar. Era la tristeza que surge de la incomprensión ante la crueldad gratuita. Se seguía la lucha de Rolando en los noticieros como si fuera un familiar. Su funeral fue televisado, y la imagen de su hijo pequeño, creció grabada en la retina del país como un símbolo de la injusticia y la pérdida.

 

Quedó la lección amarga sobre el costo humano de la hostilidad y la manipulación migratoria. Tarará mostró hasta dónde podía llegar la degradación cuando se incentiva la salida a cualquier precio. Sin embargo, también quedó la grandeza de Rafael, Orosmán, Yuri y Rolando.

 

Referencias

  • El pueblo de Cuba acompañó a los restos del combatiente asesinado Rolando Pérez Quintosa. Foto :Razones de Cuba

  • El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz despidió el duelo del sargento Rolando Pérez Quintosa, el 17 de febrero de 1992. Foto :Liborio Noval

  • El pueblo de Cuba acompañó a los restos del combatiente asesinado Rolando Pérez Quintosa. Foto:Granma

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