Juan Manuel siempre luchó por la vida

15 de Diciembre de 2025

Juan Manuel Márquez y Fidel Castro, durante el viaje a Estados Unidos a fines de 1955 para recaudar fondos para la lucha. Foto: Archivo Oficina de Asuntos Históricos.

 

 Iba exhausto. El Sol le ardía en las sienes mientras gastaba su última reserva de fuerzas. Más de una semana llevaba sin probar bocado ni sorbo de agua, dando tumbos por aquellos montes, cañaverales y trillos de Oriente, después de haber estado siete días en la mar, —a bordo de en un yate diminuto para la cantidad de hombres que trasladó desde México—, y sobrevivido al primer ataque del enemigo el 5 de diciembre de 1956.

 

En esos momentos amargos, cuando cada paso sucedía después de largas respiraciones agitadas, y en medio de los sopores del pensamiento, a Juan Manuel Márquez llegaban en ráfagas aquellos instantes de balas, premura y desconcierto en Alegría de Pío, y su voz, la del segundo jefe de ese Movimiento revolucionario, convenciendo a Fidel Castro, el líder de todos, de que debían retirarse al igual que su tropa del infierno en que se había convertido ese cayo de bosque.

 

Ellos, junto a Universo Sánchez, emprendieron una marcha paralela a los soldados hacia un montecito cercano. Fidel delante, caminaba o corría cinco o seis metros, después Juan Manuel y al final Universo. Así fueron avanzando, pero una de las veces Juan Manuel no llegó a donde estaban sus dos compañeros. Recordaba Universo que «Fidel dio órdenes de regresar a buscarlo. Yo así lo hice, arrastrándome retrocedí hasta el último lugar donde lo había visto. Lo llamé varias veces, pero no lo encontré. Regresé y se lo informé a Fidel».1

 

Nada más podían hacer, Juan Manuel no estaba, y esa pérdida del rumbo, esos segundos de desorientación y pasos equivocados, cobrarían al joven de 41 años el más alto de los precios. Vagó durante 10 días en busca del trayecto hacia la Sierra Maestra mientras el territorio que pisaba era cercado una y otra vez por los batistianos, asesinaban a muchos de sus hermanos de lucha, y a él lo consumía la falta de alimento, la sed y el cansancio. Ya no pudo más, el estómago era un nudo que le halaba el alma, los labios estaban cuarteados, sus piernas vacilaban, su mente giraba en un torbellino de sombras, hasta que su cuerpo se dobló sobre sí mismo y cayó, ante el peso abrumador de la derrota física, al borde de un camino. 

 

En ese estado lo vio un campesino, pero no se detuvo para ayudarlo, sino que lo denunció ante el sargento Eugenio Montero. Ambos lo llevaron a una casa próxima, donde el hijo de los dueños nunca olvidó lo sucedido: «Lo sentaron aquí en este portal. La vieja mía lo llevó adentro para que se lavara y comiera algo. Se le dieron boniatos hervidos y carne. No podía comer porque tenía toda la boca cuarteada por la sed. (…). El sargento Moreno le preguntó: “¿A qué tú viniste aquí?”. Él respondió: “Nosotros vinimos a defender una causa».2

 

Luego del interrogatorio, en un vehículo lo llevaron a una guardarraya de la finca La Norma, cerca del central San Ramón, Campechuela, y allí, el 15 de diciembre de 1956, fue brutalmente golpeado y dejado por muerto.

 

En horas de la noche, cuando los soldados regresaron para darle sepultura, Juan Manuel todavía respiraba, a pesar de todo, aún le quedaban fuerzas para luchar por la vida. Frente a él, sus verdugos no lo dudaron, y con la gris familiaridad que habían desarrollado con el crimen, uno de ellos le disparó dos veces. Quedaba entonces allí, inerte, el muchacho con aptitudes de elocuente orador, el del Partido Ortodoxo, el martiano, el de la lealtad asentada sobre la consecuencia y el sacrificio callado; el de mirada profunda tras los cristales finos de sus gafas, el de bigote cuidadosamente recortado, el padre amoroso, el hombre que tanto tenía aún por entregar a Cuba.

 

Cuarenta años después, en una entrevista, Fidel sintetizó la vida de su entrañable compañero de lucha: «él se une y era todo un símbolo, y fuimos a hacer los trabajos en Nueva York y en otros lugares y entonces él actuaba como segundo al mando, porque los mandos en la guerra, y después vimos cuántos compañeros valiosos teníamos, esos se fueron ganando por méritos de los compañeros.

 

»Juan Manuel Márquez, que tenía ya una larga historia política, revolucionaria, sana, un compañero muy bueno, muy competente, era el segundo jefe del movimiento. Juan Manuel es un compañero que debe recordarse. Juan Manuel fue excelente, desde que empezó a trabajar con nosotros no tuvo un fallo; fue decidido, valiente».3

 

Han transcurrido sesenta y nueve años desde que una bala segó la vida de Juan Manuel Márquez en un paraje olvidado de la Gran Piedra, sin embargo, el tiempo no ha cerrado su historia. Recordarlo hoy no es solo un merecido acto de tributo, sino un modo de estudiar su vida, acercarnos a la estatura humana de nuestra épica, y comprender que los cimientos de las grandes transformaciones los construyen, casi siempre, hombres y mujeres que, como él, creyeron en el rigor del detalle y en la inmensa dignidad de servir a su tierra.

 

Referencias:

1 Fernando Inclán Lavastida: Apuntes biográficos de Juan Manuel Márquez. Comisión de Orientación Revolucionaria del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, La Habana, 1972, p. 93.

2 Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado: La Epopeya del Granma, La Habana, 2016, p. 64.

3 Fidel Castro Ruz: Periódico Granma, 5 de diciembre de 1996, p. 3

 

  • Juan Manuel junto a Fidel. Foto: Archivo Oficina de Asuntos Históricos.

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