El Zanjón tuvo su Baraguá

10 de Febrero de 2026

Antonio Maceo protagonizó la Protesta de Baraguá, por su desacuerdo con el Pacto del Zanjón, el 15 de marzo de 1878. Foto :Invasor

 

El 10 de febrero de 1878, en un bohío de Camagüey, se firmó el Pacto del Zanjón. Tras una década de guerra, la mayoría de las fuerzas mambisas acordaban la paz con España. Sin embargo, este tratado no incluía ni la independencia, ni la abolición total de la esclavitud. Era el epílogo de una contienda que, aunque no derrotada militarmente, se encontraba agotada por divisiones internas y una crisis profunda.

 

La guerra estaba estancada a inicios de 1878. Los mambisesyacían extenuados, sin posibilidades concretas para oxigenar a sus tropas, y en el orden logístico tenían una escasez generalizada, agravada por el poco apoyo llegado desde el exterior.Tampoco ayudaron las contradicciones internas y la comisión de indisciplinas, todo lo cual evidenciaba el desgaste. 

 

Conocedor de ese contexto, el general español Arsenio Martínez Campos desplegó una estrategia que combinó presión militar con persuasión, y ofreció indultos y dinero a quienes desertaran. La Cámara de Representantes, para negociar, derogó su propio decreto que prohibía tratar con España sin independencia, el llamado decreto Spotorno.

 

En una reunión crucial, Máximo Gómez propuso una táctica para ganar tiempo: solicitar una tregua para que «reunido el pueblo en una asamblea pueda deliberar libremente sobre sus destinos». Su idea no era pactar una paz sin independencia, sino «fortalecer las bases de la insurgencia» y debilitar al enemigo. Sin embargo, esta propuesta no se desarrolló.

 

Ante la imposibilidad legal de negociar, la Cámara decidió autodisolverse y cedió su lugar a un Comité del Centro. Este pequeño grupo firmó el pacto que, en la práctica, era «una rendición vergonzosa y por su parte inaceptable», según Antonio Maceo. Se concedía libertad solo a los esclavos y colonos chinos que ya combatían en el Ejército Libertador, se permitía la formación de partidos políticos que no atacaran a España y se otorgaban ciertas libertades de prensa, siempre que no fueran contra la metrópoli. El núcleo del conflicto quedaba intacto.

 

La reacción de Antonio Maceo al conocer el pacto fue de indignación profunda. Según testigos, exclamó: «¡Y toda esa gente trataba con los españoles cuando aquí peleábamos con mayor entusiasmo, cuando nos sacrificábamos para vencerlos!». Maceo, que en esos mismos días cosechaba éxitos militares en Oriente, no podía aceptar una paz que traicionaba una década de sacrificio.

 

Esto condujo a la Protesta de Baraguá, el 15 de marzo de 1878. En una entrevista tensa con Martínez Campos, Maceo dejó claro que no aceptaba una paz sin independencia, ni abolición. Aquel gesto, como señaló José Martí años después, era «de lo más glorioso de nuestra historia». Baraguá no logró reanudar la guerra con éxito inmediato —las condiciones objetivas eran demasiado adversas—, pero salvó el principio y el honor. Simbolizó el tránsito de la dirección revolucionaria a sectores más radicales y la intransigencia revolucionaria.

 

Según Martí, «nuestra espada no nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer nosotros mismos». No fue una derrota militar impuesta, sino el resultado de la desunión, el agotamiento y la pérdida de perspectiva política. La guerra pudo haber continuado, como demostraban los combates victoriosos de Maceo y otros, pero la falta de cohesión interna fue un cáncer más destructivo que el ejército colonial.

 

La lección histórica es clara y mantiene plena vigencia. La capitulación, incluso cuando las circunstancias son extremadamente difíciles, nunca es una alternativa viable si significa traicionar los principios fundamentales por los que se lucha.

 

Referencias

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