La agresión contra Irán, de la “Furia Épica” al ridículo épico. (II)

16 de Abril de 2026

Los gastos militares de EEUU en esta guerra solo benefician a su poderoso Complejo Militar Industrial.Fuente: Sitio web venezolano “Alma Plus TV”.

 

En los primeros seis días de contienda, el Pentágono informó al Congreso haber gastado 11 mil 500 millones de dólares, con un impacto inmediato en el déficit fiscal y la inflación, debido al incremento de los precios de los productos energéticos. Washington se ha visto obligado a transferir fondos de programas civiles para financiar la campaña contra Irán.

 

La cifra real se desconoce, pero si tenemos en cuenta los gastos para la reposición de misiles, la pérdida de aviones, las operaciones de rescate de pilotos y el despliegue de un portaaviones adicional, la cifra asciende a no menos de 45 mil millones de dólares en gasto militar directo, hasta el 7 de abril pasado. Esto explica que al Congreso se le haya presentado a aprobación un paquete de gasto suplementario de más de 50 mil millones, solo para reponer el armamento utilizado.

 

Las pérdidas indirectas son mayores: el cierre de Ormuz obligó a Washington a liberar millones de barriles de su Reserva Estratégica de Petróleo y supone para este planeta en que habitamos la pérdida de más de mil millones de dólares diarios, según datos conservadores.

 

Más peligroso, la imagen de súper potencia ha quedado en entredicho.

 

La resistencia de muestra lo que se logra cuando no se cede

Los medios occidentales esperaban una rebelión contra los ayatolás, pero la agresión externa generó el efecto contrario: patriotismo y cohesión social. Irán demostró que un país que resiste la agresión puede forzar incluso a EE. UU. a negociar. Teherán no ha cedido en sus pretensiones nucleares ni en influencia regional.

 

Dentro de sus demandas, que se analizarán a partir del 10 de abril, se encuentran que tendrá derecho a controlar el estrecho de Ormuz, que se eliminarán todas las sanciones que pesan en su contra y que Washington deberá retirar de la región todas sus fuerzas y medios militares. Israel, además, ha tenido que aceptar la tregua e incluso detener sus ataques contra el Líbano, otra de las exigencias iraníes.

 

La campaña aérea no garantiza un «cambio de régimen».

Conviene subrayar un principio histórico que Washington olvidó: ninguna campaña aérea, por devastadora que sea, ha derrocado por sí sola a un gobierno decidido. Ni los bombardeos aliados sobre Berlín en 1944, ni la Operación «Linebacker II» sobre Hanói en 1972, lograron que el adversario capitulara sin combate terrestre.

 

En Irán, EE. UU. no ha autorizado, ni puede ejecutar una invasión terrestre en gran escala, pues el trauma de Iraq y Afganistán sigue rondando los pasillos del Pentágono. Ello pudiera explicar el dudoso «paso a retiro» —entiéndase retiro forzado— de altos jefes del Ejército, conscientes de la locura que sería una maniobra de ese tipo, que al parecer estuvieron contemplando el secretario de Guerra y sus asesores.

 

Teniendo en cuenta la resistencia iraní, se puede afirmar que         «Furia Épica» se ha convertido en el ridículo al que hacemos referencia en el título de este artículo. El derrocamiento de un gobierno necesita probablemente uno de estos tres elementos: ocupación, apoyo popular o una guerra civil; nada de eso ha logrado la coalición israelo-estadounidense en Irán.

 

La operación «Furia Épica» debe verse como otra muestra de arrogancia. EE. UU. ha fracasado en una parte importante de sus objetivos: no doblegó a Irán; no protegió la economía global ni a sus aliados regionales; no evitó pérdidas multimillonarias y no logró «cambiar el régimen».

 

Queda por ver la determinación iraní de seguir adelante en sus programas nucleares y de desarrollo de cohetes balísticos, a pesar de la destrucción causada por el agresor. Pero será algo que solo lo decidirán sus autoridades, como debe ser.  

 

Irán ha salido fortalecido, con el Estrecho de Ormuz como prueba de su capacidad de disuasión y con una lección para el mundo: resistir la agresión, incluso frente a la mayor potencia bélica del planeta, es posible y debe apreciarse como una victoria.

 

El «daño colateral» no ha sido únicamente económico, sino también moral: la imagen de imbatibilidad estadounidense, tras operaciones recientes en que la nación agredida no ofreció incomprensiblemente la respuesta esperada, ha quedado lesionada ante la voluntad de un Irán que, como Cuba, ha optado por resistir los daños tremendos de una brutal agresión a la humillación de doblegarse ante EE. UU.

 

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