Filiberto (II)

25 de Diciembre de 2025

Monumento al Titán de Bronce en el Parque Maceo habanero. Foto: Habana Radio

Cada tanto, abuela sacaba una caja de cartón guardada en su escaparate, se rodeaba de nietas y nietos pequeños, y nos descubría fotos de familia. Fotos viejas. Un desfile en sepia —y en blanco y negro— de ella y abuelo, jóvenes, y de un montón de gente que no conocíamos, a quienes abuela se empeñaba en presentarnos una y otra vez. Entre las imágenes, una siempre entraba en escena precedida de tal ceremonia que imaginábamos fanfarrias y redoble de tambores. Intuíamos su aparición, cuando abuela ocultaba ambas manos tras la espalda, resguardando de nuestros ojos un pequeño rectángulo de cartulina mate, e inquiría pícara: «¿Quieren ver la de su tío con Maceo en la cabeza?».

 

Esa foto la hizo Filiberto. En ella tío, con tres, cuatro o cinco años, posa de pie al centro del parque Maceo, aledaño al malecón habanero. Al fondo, resalta la estatua ecuestre del Titán de bronce. Quiso el azar —y la ilusión óptica— que las patas traseras del corcel encabritado —cabalgadura eterna del héroe de Peralejo— parezcan apoyarse en el cabello lacio, castaño, del niño que mira a cámara. Observé esa foto infinidad de veces, asombrado —tío había sido niño— y curioso: cómo pudo Maceo encaramársele.

 

No sé si Pelencho —a su tierna edad— pudo entender el alcance de la partida «al norte» de su tío preferido, mas debió entristecerse. Sucedió a mediados de los años 50 del siglo pasado. Hermanas de abuela, atribuyeron la repentina fiebre migratoria de Filiberto, a las «manías de grandeza» de Zoila, su mujer.

 

Lo cierto fue que, una tarde, el viajero estuvo en casa a despedirse. De aquella visita, abuela solo nos contó sobre el dinero: «Le pidió prestados doscientos pesos a tu abuelo, con la promesa de devolvérselos tan pronto él y Zoila se establecieran allá. Y dijo que, en agradecimiento, le regalaría un radiecito de pilas donde escuchar la pelota».

 

Entonces, un peso cubano equivalía a un dólar estadounidense—centavo a centavo—, y el poder adquisitivo de doscientos dólares, superaba por mucho el actual. El préstamo que hizo abuelo a Filiberto, tuvo que agotar —o reducir al mínimo—los exiguos ahorros de la familia, juntados a pulmón, con lo poco o nada que ganaba abuela cocinando «para la calle», y las impredecibles remuneraciones de abuelo como plomero en el mercado informal: en ese tiempo, él salía diariamente con su maletica de herramientas, a ver qué conseguía.

 

Transcurrido un año y meses, el regreso de los ahorros pintaba gris con pespuntes negros. Quien sí volvió fue el tío favorito de Pelencho. Solo. De visita. Apareció sin previo aviso, sonriente, como si recién ayer hubiera pasado a saludar. Contó detalles de la vida en «el norte», habló de las oportunidades, el frío, la gente, el idioma, de cuánto costaba adaptarse. Dijo que Zoila y él estaban a punto de regularizar su situación: ciudadanía, empleo, vivienda, seguro médico. Pero necesitaban un empujoncito. Doscientos pesos más. Él saldaría la deuda cuanto antes. Palabra. Y lo del radiecito de pilas continuaba en pie.

 

La reserva familiar menguó de nuevo. El cuñado en apuros, agradecidísimo, retornó a los Estados Unidos. «Nunca más vimos a Filiberto o los cuatrocientos pesos —decía abuela—. Y menos, el radiecito».

 

Tiempos arduos, vivirían poco después el matrimonio y sus tres hijos. Hambre no pasaron ni les faltó lo elemental a los niños; mas fue a costa de no pagar, durante año y medio, el alquiler del humilde apartamentico interior, en bajos. Una noche, Ley, el casero, dijo a abuelo que lo sentía mucho, pero le era imposible seguir esperando por él.

 

Corrían los primeros meses de 1959 y el país respiraba la alegría del triunfo rebelde. Ante la negativa de abuela a «recogerse» en casa de familiares, hubo que emprender la búsqueda urgente de un hogar sustituto. Pero esa es otra historia, que involucra a uno de los socios de la conocida ferretería «Feíto y Cabezón S.A.».

 

Creo recordar que Filiberto vivía —o vive— en Nueva York. No estoy seguro. Si continúa en este mundo, acaba de cumplir 105 años. Ojalá. De este lado del mar, no le guardamos rencor. No lo hizo abuela. Ni abuelo. Nadie en la familia. A fin de cuentas, ¿quién sabe en cuál de los múltiples vericuetos de la vida y la mente humanas, se habrá visto atrapado para actuar así?

 

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