El mono de Pávlov

27 de Febrero de 2026

Iván Petróvich Pávlov. Foto: Ecured

 

Esta época de vasallaje cultural, noticias falsas, posverdad, manipulación de contenidos y reescritura cada vez más cínica de la historia, exige pensar con cabeza propia, y descubrir lo importante y genuino entre el fárrago de banalidades y embustes que inundan el universo.

 

La arremetida mediática no siempre es grosera y evidente. Nadie debe creerse inmune a su influencia. Detrás hay expertos en la materia y pingües recursos destinados a  filtrar —como quien no quiere las cosas— argumentos sutiles que siembran cizaña, dudas, confusión, desánimo, siguiendo el maquiavélico plan de «Divide y vencerás».

 

Una aproximación certera a tan complejo y movedizo entorno requiere entrenamiento: leer mucho, sin ingenuidad, con sentido crítico —cuestionárselo todo, contrastarlo, averiguar sus fuentes—, y no admitir conclusiones rápidas, desprovistas de análisis.

 

Continuamente se emplean nuevas tácticas para el control de mentesy voluntades, así que no queda otra opción que permanecer alerta a los cambios, y hallar soluciones creativas adaptadas a circunstancias específicas.

 

A propósito, recuerdo cierto experimento con un mono,realizado por el célebre fisiólogo ruso Iván Petróvich Pávlov, merecedor del premio Nobel de Medicina en 1904.Pávlov nació en Riazán el 14 de septiembre de 1849, y falleció en Leningrado —actual San Petersburgo— el 27 de febrero de 1936, a los 86 años de edad.

 

Al científico ruso se le conoce mundialmente por sutesisacerca del reflejo condicionado, expuesta luego de observar la conducta de algunos perros. Pávlov había indicado a su ayudante, Iván Filippovich Tolochinov, que tañera una campanilla segundos antes de ofrecer comida a esos canes. Después de un tiempo, las mascotas salivaban con solo oír el sonido de la campanilla, aun si no iba acompañado de alimentos.

 

El fisiólogo también diseñó otro ensayo—no tan famoso como el de los perros—, en el cual un chimpancé debía ejecutar dos tareas.

 

La primera: extinguir una pequeña fogata encendida por el científico en el césped que rodeaba su dacha (1). Para ello, el simio disponía de un balde de madera y de una antigua bomba manual con la que extraía agua del pozo. Ese adiestramiento se repitió a lo largo de varias jornadas. Pávlov hacía fuego, el animalito salía disparado en busca del balde, operaba la bomba hasta rebosar de agua el recipiente de madera, y, finalmente, iba hacia la hoguera, la apagaba y era premiado con una golosina.

 

La segunda tarea —remar en el lago vecino a la dacha— se cumplió durante los mismos días que la faena de bombero. El mono aprendió a conducir un bote desde la orilla, y de regreso a tierra.

Cuando el científico juzgó que el chimpancé dominaba ambas rutinas, quiso combinarlas. Una mañana, abordó junto al simio la barca utilizada en el aprendizaje, pero entonces llevaron consigo, adicionalmente, el balde de madera y unos trozos de leña.

Pávlov ordenó al animal alejarse remando. Ya en el centro de la laguna, el científico hizo arder la leña colocada en el fondo del bote, y observó la reacción del mono. Este, en vez de apagar las llamas aprovechando el agua del lago, remó cual poseso hacia la orilla, fue a llenar el balde a la bomba del pozo y, de vuelta en la embarcación, extinguió el fuego.

 

A menudo, los seres humanos procedemos tan irreflexivamente como el chimpancé de Pávlov. Se dice que el conocido premio Nobel de física Albert Einstein, preguntado acerca del infinito, respondió: «Solo existen dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Aunque sobre el universo tengo mis dudas».

 

La buena noticia es que esa nada deseable tendencia nuestra tiene remedio: pensar. Y un cerebro activo, funcionando a plena capacidad, es también un cerebro libre.

 

Referencias, Notas o Fuentes consultadas

Nota:

  1. Dacha: casa de campo rusa utilizada para el descanso veraniego.

Fuente consultada:

  1. Ecured: Iván Petróvich Pávlov.

 

 

Comentarios

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