Adicción a la lectura (II)

20 de Enero de 2026

Portada de Martí el apóstol. Foto: Librería Virtual.cu

 

A temprana edad —concluía los estudios primarios o iniciaba los secundarios—, supe cómo era ser Dios. Mamá empezó a darme dinero para que yo mismo ampliase mi biblioteca. Pronto la convertí en montañas de ejemplares apilados en el suelo, contra las paredes: una orografía de papel que excedió mi tiempo y mi intelecto.

 

Había adquirido el irremediable vicio de comprar más de lo que podía leer. Como un guiño pícaro              —malicioso— de Borges1, presenciéla acumulación de polvo sobre obras inaccesibles: vírgenes o parcialmente visitadas. De modo especial, recuerdo una edición en rústica de Aventuras, venturas y desventuras de un mambí, homenaje del verbo erudito y lúdico de Raúl Roa García           —el Canciller de la dignidad— a la vida de su abuelo Ramón Roa, combatiente de la Guerra Grande2 y autor de A pie y descalzo, origen de polémicas con José Martí.

 

De adolescente, pospuse el acercamiento a ese tomo pues no me sentía listo. Tras solo unos párrafos, fue obvio que me quedaba grande. Lo reservé para más adelante. Cuando a mis veintitantos años quise volver a él, había desaparecido.

 

Gracias a tío —el hermano de mamá—, que trabajaba en una carpintería, se previno el deslave de millares de volúmenes que amenazaban con sepultar a la familia. Tío diseñó e hizo libreros con madera contrachapada y tableros de bagazo. Anaqueles adosados a la pared, que optimizaron el espacio y pusieron orden en el caos. Todos sencillos, funcionales, resistentes, vistosos. La joya de la corona resultó uno de cuatro repisas en ángulo, situado en una esquina de mi cuarto, sobre el escritorio. A ese librero destiné lo más selecto de mis autores preferidos.

 

Y, justo ahí, se ensañó la desgracia.

 

Hay quienes mantienen una relación desenfadada con los libros: anotan en los márgenes, subrayan frases o pasajes enteros, los embuten en bolsillos traseros de pantalones. No los juzgo, mas soy incapaz de actuar así. Ni siquiera doblo esquinas de página.

 

Tengo claro que no son seres vivos. Pero casi. Cuando debo prescindir de alguno por falta de espacio, me aseguro de que vaya a manos de quien lo cuide. Aun si no recupero lo invertido. Lo regalo. Nunca tiré un libro.

 

Hasta hace poco.

 

Con el dolor de mi alma, renuncié a ese orgulloal descubrir sospechosos montoncitos de un polvillo similar al serrín —obvio rastro de comejenes—, alrededor de varios muebles, incluidos libreros.

 

¿Todo el esfuerzo de tío venido abajo de repente?

 

Una rápida inspección bastó para confirmar que el daño mayor —el único irreparable— se hallaba en el librero sobre el escritorio. Tuve que desahuciar el mueble,gran cantidad de volúmenes colocados en él, y dos gavetas del escritorio, también herido de muerte, pero con una agonía más lenta.

Al ver buena parte de mis tesoros destruidos, reaccioné con una mezcla de enojo e impotencia. Hablando solo. O con los comejenes, que viene a ser lo mismo.Los insulté cegado por la ira:

 

—¡Nada de comejenes, ustedes son termitas, carcomas, polillas!

 

Los insectos cobardes y vándalos no respondieron.

 

Además del librero y de las dos gavetas del escritorio, esa tarde me deshice de un saco —aproximadamente cien libras— de ejemplares moribundos convertidos en ripios: placer y sabiduría inconmensurable desechados en un contenedor de basura.

 

Las polillas se habían dado banquete. Y eran cultas. Desayunaban los relatos de Las mil y una noches. Merendaban El siglo de las luces y Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier. Almorzaban Rayuela, de Julio Cortázar; Los Miserables, de Víctor Hugo; Juan Cristóbal, de Romain Rolland; y El vecino de los bajos, de Enrique Núñez Rodríguez. Cenaban Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; El corazón de Voltaire, de Luis López Nieves; Martí el Apóstol, de Jorge Mañach; Necrópolis y El síndrome de Ulises, de Santiago Gamboa; el magnífico ensayo de Jorge Fornet sobre 1971; y la Cartuja de Parma, de Stendhal. Mejor no sigo.

 

Eran polillas cultas, pero de derechas. A los libros de marxismo, no les hicieron caso. Ni una mordidita. Evitaron especialmente los de Lenin. Tal vez Un paso adelante, dos pasos atrás, las desalentó como símil de la tarea que enfrentarían. De su voracidad, también escapó un folleto con los acuerdos de cierto congreso del PCUS3.

 

Los tomos sobrevivientesa la avidez de los bichos tragones de papel, regresaron al suelo, en precarias columnas sobre hojas de periódicos.

 

Ahí continúan. En pie. Esperando ser releídos.

 

Referencias, Notas o Fuentes consultadas

Notas:

  1. Jorge Luis Borges, célebre escritor argentino (Buenos Aires, Argentina, 24 de agosto de 1899-Ginebra, Suiza, 14 de junio de 1986).
  2. Guerra de los Diez Años: de 1868 a 1878.
  3. Partido Comunista de la Unión Soviética.

Comentarios

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