Filiberto (I)

24 de Diciembre de 2025

Nueva York, ciudad de migrantes. Foto: Historia de Nueva York (nyc.eu)

 

La migración es inherente a la naturaleza.

Migran tanto ballenas como insectos. Cada año, mariposas monarca vuelan unos cuatro mil kilómetros desde las nieves canadienses hasta los bosques de México. Diversas especies de aves también se alejan cíclicamente del invierno rumbo al trópico. Y, llevados por el viento o adheridos a cuerpos de pájaros e insectos, viajan los granos de polen: génesis de futuras plantas.

 

Las grandes tortugas marinas nadan largas distancias para desovar en la playa donde una noche salieron del cascarón. Los salmones, nacidos en agua dulce,se trasladan al océano y después retornan a su origen; allí engendran y mueren.

 

Pocos espectáculos se comparan con la belleza de miríadas de cachalotes avanzando a saltos en el mar, gráciles a pesar de su corpulencia y de las cabezotas que hienden las olas en una coreografía perfecta.

 

La vida migra en busca de condiciones mejores —o que aparentan serlo—. Es una estrategia de subsistencia.

 

Los seres humanos hemos migrado desde nuestro primer día en el planeta. Todas las personas de este mundo tenemos un ancestro común: cierta mujer africana a quien llaman Lucy. Sus hijos se extendieron por el continente negro. Luego, poblaron Asia y Europa. Y desde ahí, vinieron más tardea América. Así que todos somos migrantes, o descendemos de ellos.

 

Ningún país se ha construido sin aporte foráneo. Al contrario, varias naciones existen gracias a sus migrantes.

 

Cuba es ejemplo de ese enjundioso mestizaje global: indígenas de Suramérica, colonizadores españoles, esclavos africanos, culíes chinos, hacendados franceses huyendo de la revolución haitiana, braceros de Jamaica, árabes, musulmanes, judíos del centro y este europeos…

 

Los Estados Unidos representan un caso análogo. Anglosajones arribados en 1620 desplazaron a comunidades indígenas ya establecidas. Desde entonces, África, Asia, Europa y América Latina, han continuado alimentando y enriqueciendo el acervo norteamericano.

Por eso resulta vil que se denigre y manipule a los migrantes con fines políticos. La patria de Lincoln se ha convertido en un infierno para quienes residen y trabajan allá sin sus papeles en regla, e incluso poseyéndolos.

 

Desde el triunfo revolucionario en Cuba, los gobiernos estadounidenses han utilizado la guerra sucia, el bloqueo y la incitación al éxodo ilegal a fin de desangrarnos. Cínicamente,presentan a cualquiera de la isla que decida vivir allende los mares,como víctima aterrorizada por la dictadura comunista de un estado fallido.

 

Lo cierto es que antes de 1959, ya muchos cubanos migraban en busca de mejoras económicas. Esencialmente, a los Estados Unidos. El humor criollo matizó esas ausencias con una irónica leyenda sobre la Coca Cola.

 

***

Según mi abuela materna, si era verdad que algunos compatriotas emigrados a tierra gringa bebían la Coca Cola del olvido, entonces su hermano Filiberto se había embuchado de refresco.

 

Un día, dejaron de recibirse cartas suyas. Se supo que estaba vivo por las noticias que, de año en año, traía gente que regresaba «del norte». Noticias de él, y también de otro hermano y otra hermana de abuela que partieron en busca del «sueño americano», y tampoco escribían. Una de dos: o el «sueño americano» hacía dormir tanto que no quedaba tiempo de escribir a la familia; o se confirmaba científicamente el efecto amnésico de la Coca Cola.

 

Para los más jóvenes, que no conocimos a esos parientes emigrados y éramos inmunes a su desmemoria, esta, en cambio, nos daba ventaja si llenábamos un «Cuéntame tu vida» en la escuela o el trabajo, pues no perdíamos tiempo ni esfuerzo decidiendo qué poner en el acápite «Relación con familiares en el extranjero».

 

Filiberto vino al mundo en la Nochebuena de 1920. En el Libro de familia, fue anotado por su padre como «Feliberto», el octavo entre los once hijos que crio mi bisabuela Sarah —ocho hembras y tres varones—, de los veintiuno que parió durante casi treinta años —de 1901 a 1927—. Los diez restantes, no sobrevivieron al parto o murieron poco después.

 

De los tres hermanos emigrados de abuela, Filiberto era el más próximo a la pequeña familia creada por ella y abuelo: incluía a mamá, a tía y a tío,el benjamín de la tribu, último cartuchazo de abuelo,el varoncito que llegó de improviso cuando ya los esposos habían renunciado a «buscar la parejita».

 

La relación de Filiberto con tío fue especial. El niño lo adoraba: «Tenía delirio con él», decía abuela. Filiberto llamaba Pelencho a su sobrino, compartía ocasionalmente sus juegos, lo llevaba a pasear. De aquellos paseos, quedó evidencia —mínima, singular— asociada a uno de los recuerdos más gratos y misteriosos de mi infancia.

 

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