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En una de  las crónicas de este libro, el autor expresa: “Como en la guerra uno comprende sin dilaciones que la muerte puede estar a la vuelta de la esquina, una de las reglas de oro era dejar de escribir un testimonio para hacerlo mañana...”, escrita a la memoria de los colegas, que cumpliendo su deber internacionalista no regresaron y como homenaje a los que reportaron, desde Cuito Cuanavale, la verdad de cuanto sucedió en los meses en que Sudáfrica y la Unita amenazaron la seguridad del proceso revolucionario angolano. Las vivencias del autor, por toda la isla, a través de las páginas de Granma¸ y otras que escribiera posterior a los hechos, aparecen aquí, testimonio en el que, si asomó alguna vez el temor y la añoranza, venció el arrojo y la heroicidad de los combatientes angolanos y cubanos.

 

Un reportero recorre durante varias semanas el frente de batalla en el sureste angolano. Los testimonios de combates terrestres y aéreos, el peligro de las caravanas, el cruce del río Cuito y misiones en el territorio enemigo, se suman a sus experiencias en la primavera de 1988. Escrito y fotografiado desde abajo, desde el soldado, el piloto, el oficial y el jefe en el campo de batalla, en este libro el lector escuchará y verá con sus propios ojos a  los héroes de Cuito Cuanavale, esos sencillos combatientes angolanos y cubanos que contribuyeron, con su valor y su sangre, a forjar aquella indiscutible victoria, calificada por el líder africano Oliver Tambo como “el Waterloo de Sudáfrica”.

Esta obra hace especial énfasis en la organización y realización de la actividad político-ideológica como base fundamental de la victoria.

Narra sucesos que, como refiere Sam Nujoma, presidente fundador de la República de Namibia que evocan bayonetas, bombardeos, viviendas incendiadas, muertes y helicópteros rociando fuego sobre heridos, mujeres y niños inocentes, al tiempo que resalta el acto de inmenso coraje de los internacionalistas cubanos en Tchamutete, en defensa de los refugiados en el más grande campamento namibio en territorio angolano. Muchos de estos combatientes que arribaron a Cassinga, prácticamente, a pecho descubierto. Su entrega es una muestra de amor infinito, justicia e internacionalismo, que debe conocer la humanidad.

 

«¿Quién es el último?», pregunté en la cola del Banco Popular de Ahorro un día a finales de 2012. «Es el piloto, viene ahora para acá». «¿Qué piloto?» «El Chino, el de Cangamba». «Bueno, yo quiero conocer a ese compañero», le agregué a mi atento interlocutor. Al poco rato llegó un hombre blanco, achinado, de más de un metro y setenta centímetros de estatura y canas asomadas por debajo de la gorra. Se presentó como Julio Chiong Almaguer, alias El Chino. Me identifiqué y nos dimos un abrazo como viejos amigos. A partir de ahí comenzaron nuestros intercambios que, en el propio banco, en la panadería, en los parques del reparto o en la calle, fueron cotidianos. Inicialmente compartimos anécdotas de piloto a piloto. Pero, con el decurso del tiempo las vivencias del Chino trascendieron a las personales; entonces, más que escucharlas, comencé a profundizar en ellas. Le eché mano a papel y lápiz, elaboré minuciosos cuestionarios y lo entrevisté hasta el cansancio.

 

Esta obra devino del lapso de incertidumbre vivido por los treinta y ocho cubanos que cambiaron las batas blancas por trajes de protección especial para combatir la epidemia, en Guinea Conakry, dado el altísimo riesgo de contagio e incubación de una enfermedad que, por cientos, cobraba vidas inocentes. 

 

Su autor y jefe de esta brigada médica no intentó hacer un libro puramente científico, tampoco es una novela o historieta; son páginas con un poco de todo —testimonios, ciencia, anécdotas, vivencias, descripciones, imágenes como reflejo de la pura verdad—, que les cuentan a los lectores sobre una nueva victoria de los médicos cubanos en su faena de vencer la muerte.

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