El Hallazgo del Sánchez Barcáiztegui y la Tragedia en la Bahía

12 de Diciembre de 2025

El crucero de 3ra clase Sánchez Barcaístegui, desplazaba 935 toneladas, medía 62 metros de eslora, 10 de manga, 5.55 de puntal y 4.80 de calado. Su tripulación era de 160 hombres y se encontraba armado con tres cañones Parrot de 160 mm, dos krupp de 75 mm y dos ametralladoras. Foto tomada de internet

 

El 12 de diciembre de 1985, el emblemático oceanógrafo francés Jacques Cousteau añadió un capítulo más a la historia naval de La Habana al localizar los restos del crucero español Sánchez Barcáiztegui, hundido casi un siglo antes frente al Morro de la ciudad. Este descubrimiento rescató del olvido una de las tragedias marítimas más dramáticas ocurridas en aguas cubanas durante el siglo XIX, envolviendo en un manto de misterio y leyenda el pecio que yacía en el lecho marino.

 

En la oscura medianoche del 18 de septiembre de 1895, el navío español Sánchez Barcáiztegui, un crucero de tercera clase construido en Tolón en 1876, se preparaba para abandonar la bahía de La Habana. Según relatos históricos, el buque navegaba sin luces, ya sea por una falla en el dinamo que alimentaba su electricidad —como publicó el periódico El Fígaro— o, según versiones menos plausibles, para evadir la vigilancia de las fuerzas independentistas cubanas.

 

En ese momento crítico, el vapor mercante Conde de la Mortera se aproximaba a la entrada del puerto. Debido a la falta de visibilidad y a posibles malentendidos en las señales de advertencia, el mercante embistió al Sánchez Barcáiztegui, abriendo un boquete fatal en su casco. La decisión del capitán del Conde de la Mortera de retroceder para liberarse aceleró la entrada de agua, condenando al buque de guerra a un rápido hundimiento.

 

La tragedia se cobró la vida de 32 marineros, muchos de ellos devorados por tiburones o arrastrados por el remolino del navío. Entre los fallecidos se encontraban figuras de alto rango como el contralmirante Manuel Parejo Delgado, jefe del Apostadero de La Habana, y el capitán Francisco Varela Ibáñez, quien, fiel a la tradición naval, se hundió con su barco.

 

Durante décadas, el naufragio alimentó la leyenda de un tesoro compuesto por 66 000 monedas de oro que supuestamente permanecían en la caja de caudales del buque. Su proximidad al Morro y la relativa facilidad para bucear en sus restos avivaron la codicia de muchos cazatesoros. Sin embargo, investigaciones posteriores en archivos históricos revelaron que el tesoro había sido recuperado en abril de 1896 por buzos del Real Arsenal de La Habana, disipando así el misterio, aunque la leyenda persistió en el imaginario popular.

 

El hallazgo de Cousteau en 1985 no solo confirmó la ubicación exacta del pecio, sino que permitió recuperar numerosos objetos que hoy se exhiben en el Museo de la Arqueología Naval del Castillo de la Real Fuerza. Estos vestigios materializan la memoria de una tragedia que, aunque ensombrecida por el mito del oro, permanece como un testimonio elocuente de la historia naval de Cuba y de los heroísmos y errores que la jalonan.

 

La historia del Sánchez Barcáiztegui es, en definitiva, un recordatorio de cómo los naufragios trascienden su condición de siniestros para convertirse en símbolos de épocas pasadas, uniendo el drama humano con la fascinación por lo desconocido.

 

Referencias Bibliográficas

Aguilera, A. (1900). Buques de guerra españoles. Madrid: Editorial Espasa.

Archivo General de la Marina «Álvaro de Bazán». (1895-1896). Expediente del hundimiento del Sánchez Barcáiztegui (Legajo 5678-B). Viso del Marqués, España.

 

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