EEUU, Irán y Cuba, consecuencias de decisiones basadas en la mentira. (II)
Si los asesores incumplen, malo. Si el asesorado no escucha, ¡peor!
Los asesores militares y de la CIA le presentaron informes detallados que desmontaban la tesis de Netanyahu: la estructura de poder iraní ha demostrado capacidad de resiliencia, la Guardia Revolucionaria no se desmoronaría con ataques aéreos, y un cambio de régimen no era seguro. Trump, sin embargo, no quiso escuchar, aunque llegaron a decirle que el informe del premier israelí no era más que «una patraña».
Más preocupante para EE. UU., el presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, General Daniel Caine, informó a Trump que una guerra de esa magnitud agotaría las reservas de armamento, incluidos los misiles interceptores. No le dijo, sin embargo, lo que pensaba la mayoría de los asesores presidenciales: la idea de atacar a Irán «era una idea terrible»1.
El resto del gabinete, lejos de alertar sobre los peligros, se plegó al discurso presidencial. El secretario de Guerra era el primer defensor de la agresión, mientras que el secretario de Estado, Marco Rubio, aunque apoyaba una campaña de máxima presión sobre Irán, sabiendo quizás que la guerra comprometería sus planes contra Cuba, apostó por no contradecir a su presidente y finalmente le apoyó.
Nadie en el Consejo de Seguridad Nacional quiso ser el funcionario que dijera «no» al presidente. Y menos aún, nadie mencionó la amenaza evidente: Irán respondería cerrando el estrecho de Ormuz, por donde transita entre el 20 y el 25 por ciento del petróleo mundial.
Las consecuencias del error ya se sienten a escala global
El cierre del estrecho de Ormuz se produjo 48 horas después de los primeros bombardeos. Petroleros interceptados y bombardeados, buques de combate estadounidenses dados a la fuga para evitar un desastre, y los precios del crudo por los cielos, en una semana. La guerra que debía ser «fácil» se convirtió en una trampa de la que aún no salen Trump y los suyos.
El desastre iraní deja una lección amarga: cuando un presidente toma decisiones de guerra basándose en la opinión de un líder extranjero y desoye a sus propios expertos, las consecuencias son catastróficas. Pero la administración Trump no parece haber aprendido.
Más allá de lo que pueda escribir en red social, Trump y su país han sufrido una derrota estratégica frente a Irán. No lo doblegó, no ha podido forzar a esa nación a abandonar su programa nuclear ni ha logrado el cambio de gobierno. Tampoco ha podido imponer su voluntad sobre el estrecho de Ormuz.
Marco Rubio ¿el Netanyahu de Trump para Cuba?
Al mirar hacia América Latina, los indicios apuntan a que un fenómeno similar podría repetirse en el caso de Cuba, con el secretario de Estado, Marco Rubio, ejerciendo un papel análogo al de Netanyahu.
Rubio, cuyo ascendiente sobre Trump en política hemisférica parece evidente, lleva años presionando por una escalada máxima contra La Habana. Su agenda no responde a los intereses estratégicos de EE. UU. –que incluyen la cooperación migratoria, antinarcóticos y el acceso a un mercado vecino– sino a los del lobby anticubano de Miami, del que Rubio ha sido histórico beneficiario.
El riesgo, en este caso para la región, Cuba y el propio EE. UU., subyace en que Trump otorgue a Marco Rubio la misma atención y fe ciega que ofreció a Netanyahu. Todo apunta a que el flamante asesor de Seguridad Nacional haya vendido a su jefe la fantasía de que una intervención dura –más sanciones, ruptura total, incluso una acción militar– provocará el anhelado «cambio de régimen» en la isla.
Los asesores profesionales del Departamento de Estado y de la comunidad de inteligencia deberían haber advertido a Trump que esa posible tesis sobre Cuba es tan errática como la del premier israelí sobre Irán. Cuba no colapsará por la presión: lleva más de 65 años resistiendo y superando cada prueba de cada uno de los presidentes estadounidenses. Cuba no se parece a otros países, su historia lo demuestra.
Una asesoría mal fundamentada por Rubio, que antepondría sus intereses a la seguridad nacional, podría llevar a Trump a tomar decisiones que aíslen aún más a EE. UU., deterioren las relaciones con aliados y hasta provoquen una crisis migratoria incontrolable. Así lo han planteado analistas estadounidenses con experiencia en el seguimiento de las relaciones bilaterales entre ambas naciones.
La pregunta que queda flotando en Washington es si el presidente ha aprendido algo de su desastre en el Golfo Pérsico. Por ahora, los mismos síntomas de caos y subordinación a influencias espurias parecen repetirse, al escuchar a Trump referirse a Cuba y decir que «pasarán por Cuba después de Irán»2 o que habrá «un nuevo amanecer»3 para el país, después que sus fuerzas armadas nos ataquen.
La lógica con Cuba parece la misma que aplicaron contra Irán, en cuanto a que derrocar a la Revolución cubana es «fácil» y que Trump sería el salvador del pueblo cubano. Pero algo debe quedar claro, a menos que alguien en la Casa Blanca tenga el valor de decir «no», el fiasco con Irán bien podría reescribirse en el Caribe, donde Washington quedaría expuesto a otra derrota estratégica, a solo 90 millas de sus costas.
Referencias
1https://www.nytimes.com/es/2026/04/08/espanol/estados-unidos/trump-iran-por-que-guerra.html
2https://www.telemundo51.com/noticias/cuba/podriamos-pasar-por-cuba-trump-lo-dice-otra-vez/2070765/

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