La mujer que se adelantó a su tiempo: Ana Betancourt
En los anales dela historia de Cuba, la figura de Ana Betancourt de Mora emerge con la claridad de un faro, es nuestro debe divulgar su legado. Se atrevió a pensar y actuar más allá de los márgenes que su época trazaba para su género, convirtiéndose así en precursora de un reclamo que resonaría por generaciones.
Nacida en Camagüey en 1832, en el seno de una familia ilustre, su destino parecía marcado por las convenciones. Sin embargo, su matrimonio con Ignacio Mora significó una transformación. Él contrario a las formalidades del momento, la alentó a ampliar sus horizontes. Así, Ana aprendió de manera autodidacta inglés y francés, y su hogar se convirtió en un centro de tertulias donde germinaba la idea independentista.
Al estallar la guerra en 1868, su esposo partió a la manigua. Ella no se quedó atrás y transformó su casa en refugio, almacén de víveres y armas, y centro de propaganda insurrecta, redactando proclamas que circulaban entre la ciudad y los mambises. Pronto, convertida en un peligro para las autoridades coloniales, tuvo que huir al monte para reunirse con Ignacio, compartiendo los rigores de la vida insurgente.
Su momento cumbre llegó en Guáimaro, en abril de 1869. En medio del fervor de la Asamblea Constituyente, alzó su voz ante la multitud y la recién electa Cámara. Con firmeza, declaró que había llegado el momento de liberar a la mujer, quien había esperado «paciente y resignada esta hora hermosa en que una revolución nueva rompe su yugo y le desata las alas». Carlos Manuel de Céspedes, profundamente impresionado, le dijo que con esas palabras se había ganado un lugar en la historia, adelantándose a su tiempo.
Su valor no fue solo retórico. Capturada en julio de 1871, fue sometida a un cruel cautiverio. Según testimonios, estuvo atada a una ceiba durante noventa días, enferma de tifus y reuma, soportó el asedio y las amenazas de muerte. Se negó rotundamente a pedirle a su esposo que se rindiera, afirmando con dignidad inquebrantable que prefería «ser la viuda de un hombre de honor a ser la esposa de un hombre sin dignidad». Logró fugarse y partir al exilio, donde continuó su labor por la causa cubana.
La noticia del asesinato de Ignacio Mora en 1875 fue un golpe devastador, pero no quebró su espíritu. Durante años, desde México, Jamaica, Estados Unidos y finalmente España, dedicó sus escasas fuerzas y recursos a organizar y alentar la Revolución, transcribiendo el diario de su esposo y manteniendo viva la llama de la independencia. Su casa fue siempre un taller de conspiración.
Siguió con pasión el desarrollo de la Guerra del 95, celebró los triunfos y lamentó las pérdidas de figuras como José Martí y Antonio Maceo. Incluso en la distancia, su espíritu recorría aquellos campos que una vez compartió con su esposo. Su vida fue un constante dar, llegando a entregar los pocos fondos de los que disponía para la nueva gesta.
Ana Betancourt falleció en Madrid el 7 de febrero de 1901, a punto de regresar a Cuba, víctima de una bronconeumonía. Sus restos fueron repatriados en 1968 y hoy descansan en Guáimaro, el mismo lugar donde una vez proclamó los derechos de sus compatriotas.
Ella encarnó la fusión entre la lucha por la liberación nacional y la emancipación social, demostrando que el «fuego de la libertad», como apuntaría José Martí, ardía con igual intensidad en el alma de la mujer cubana. No fue solo una patriota; fue la primera voz que, desde el corazón de la forja de la nación, exigió un lugar justo para la mujer. Su ejemplo de integridad y valentía ante el sufrimiento la erige como un símbolo perdurable, una pionera cuyo llamado en Guáimaro sigue encontrando eco en el presente.
Referencias
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