Un documento bajo el cristal: la patria que abrazó al Che

07 de Febrero de 2026

Certificado de nacionalidad cubana del comandante Ernesto Che Guevara. Foto Centro Cultural Casa del Che en la Cabaña.                                                                                                                                                                                                                                                                                  

 

La geografía habanera guarda, como un mapa sagrado, los sitios donde la historia se hizo carne. En lo alto de una colina en la Cabaña, frente al Cristo de La Habana y con una vista espectacular que abraza toda la bahía y la ciudad, una casa sencilla custodia el recuerdo de la vida cotidiana y el trabajo de un héroe. Es el Centro Cultural Casa del Che, la vivienda que ocupó el Comandante Ernesto Guevara a inicios de 1959. A pocos minutos, dentro de la imponente Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, su Comandancia militar narra otra faceta. Ambas instituciones, distintas pero complementarias, pertenecientes al Parque Histórico Militar Morro Cabaña forman un diálogo perfecto sobre el hombre y el revolucionario.

 

En la Casa del Che, la atmósfera es íntima, doméstica. Desde sus ventanas, la vista que él disfrutaba cada mañana parece congelada en el tiempo. En una de sus salas, bajo la luz que se filtra suave, una vitrina conserva un tesoro: el facsímil del nombramiento que lo declaró «ciudadano cubano por nacimiento» el 7 de febrero de 1959. Ver ese documento aquí, en el espacio donde vivió y trabajó como un cubano más recién reconocido, multiplica su significado. La ley, fría en su texto, se calienta con el sol que entra por la ventana de su propia casa. Este no era un decreto para un héroe distante, era la llave de la ciudad entregada a un vecino.

 

Frente a esa vitrina, uno recuerda el relato de Luis Buch. Cómo buscaron al Che, quizá en esta misma casa o en los alrededores, para darle la noticia. Cómo su primera reacción, fiel a su modestia raigal, fue de rechazo: el honor le parecía inmerecido. Y cómo la palabra «pueblo» lo convenció. Aquel abrazo entre Buch y el Che selló un pacto: Argentina le había dado la vida, Cuba le daba una patria por elección y por amor.

 

La casa-museo despliega después el resto de la historia. Fotografías de su familia con Aleida March, los niños creciendo entre la Revolución que su padre ayudaba a construir. Documentos de su trabajo frenético como revolucionario. Aquí, entre estas paredes, se forjaba el teórico, el economista, el constructor. La vista desde la colina parece simbolizar la visión de futuro que él tenía para Cuba.

 

Para completar el círculo, el recorrido exige un corto traslado a la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Aquí, la atmósfera cambia. El aire se vuelve más denso, cargado de la disciplina militar. En la Comandancia del Che, las habitaciones son austeras, funcionales. Un escritorio de campaña, mapas estratégicos, un teléfono de época. Si la casa en la colina habla del ciudadano del jefe, del compañero, la Comandancia habla del soldado y del comandante. Dos facetas de un mismo hombre, dos sitios que guardan la misma esencia.

 

Al lector, al compatriota, al amigo revolucionario que sigue estas líneas, la invitación es clara y doble: visite el Centro Cultural Casa del Che, en la colina frente al Cristo, y sienta al hombre en su espíritu en aquellos espacios. Luego, descienda a la Fortaleza de la Cabaña y entre en su Comandancia, para palpar la firmeza del guerrillero. En ambos lugares, separados por unos metros, pero unidos por la misma memoria, permanece viva e inquebrantable la huella del Guerrillero Heroico. Para caminar donde él caminó, para ver la Habana con sus ojos, y para entender, en carne propia, por qué Cuba lo adoptó como el más querido de sus hijos.

 

¡Che, Comandante, Ciudadano Cubano: ¡Tu casa y tu cuartel nos esperan!

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