Mariana, la madre gloriosa
En el proceso emancipador de la Isla se alineó la mujer cubana. La manigua redentora fue testigo de su accionar resuelto y heroico, corriendo riesgos desde los campamentos mambises en el aseguramiento logístico. En esa labor se destacó Mariana Grajales Cuello, considerada hoy la Madre de la Patria. Paradigma de voluntad y resistencia colocó en beneficio de la nación toda su «tribu heroica», ―como definiera a la familia Maceo Grajales, el coronel mambí Lino D’ou Ayllión―, compuesta por 14 hijos. Todos participaron en la guerra del 1868.
Nació el 12 de julio de 1815 en la ciudad de Santiago de Cuba, fecha tomada de su partida bautismal encontrada por el periodista e historiador Joel Morlot en la parroquia Santo Tomás de dicha ciudad, lo que rectifica otra fecha, el 26 de 1808 como se decía en otras fuentes bibliográficas. Era hija del dominicano José González Matos y de la santiaguera Teresa Cuello Zayas, como también aclara dicho investigador.
Contrajo matrimonio a los 16 años con Fructuoso de los Santos Regüiferos Hechavarría, de cuya unión nacieron tres hijos. «Libre de los perjuicios de la época, hacia la mujer, tuvo una segunda relación de la cual nació su cuarto hijo, nombrado Justo Germán Grajales y registrado como hijo natural de la patriota en la iglesia de San Nicolás de Morón. Con posterioridad conoció a Marcos Maceo, con quien tuvo una descendencia de 10 hijos».1 Les supo inculcar junto a Marcos —a pesar de la falta de instrucción de ambos—, una educación sustentada en grandes valores éticos como el amor sin límites a su suelo, la laboriosidad, la honradez y la disciplina, entre otras cualidades. Ella se impuso en una época donde las mujeres eran renegadas por los cánones existentes en una sociedad con un modo de vida patriarcal y su raza sufría la crueldad de la discriminación.
Esta insigne mujer inició su entrada en la historia de Cuba, cuando pocos días después de la clarinada de Carlos Manuel de Céspedes en el ingenio Demajagua el 10 de octubre de 1868, al llegar a su casa en la finca Majaguabo las tropas mambisas del capitán Juan Bautista Rondón, según testimonios de María Cabrales Fernández, esposa de Antonio Maceo:«Mariana, rebosando en alegría, entra en su cuarto, coge un crucifijo que tenía y dice: de rodillas todos, padres e hijos, delante de Cristo, que fue el primer hombre liberal que vino al mundo, juremos liberar la patria ó morir por ella», y luego de dicho juramento, «abandonaron todo lo que tenían y decididos marcharon con el Ejército Libertador, Antonio, José, Miguel, Justo, Rafael, Felipe, Julio y Fermín»2 quedando el padre con Tomás de 10 años y Marcos de ocho para ocultar a la familia en la montaña.
Mariana con 53 años de edad, los sigue a la manigua dejando la tranquilidad hogareña y viviendo a la intemperie, en cuevas o en improvisados ranchos con techo de guano y paredes de tablas de palma y yaguas que también sirvieron como hospitales de sangre, donde la madre de los Maceo curaba a los heridos; improvisaban camas con fibra vegetal o hamacas, y aplicaba plantas y yerbas curativas. En aquel medio la firme mambisa da ejemplo e imparte coraje. Junto a otras valiosas mujeres incluyendo a sus dos hijas Baldomera y Dominga, les prendía ánimos mientras atendían cultivos, hacían de mensajeras, se ocupaban de los niños nacidos en pleno monte, lavaban y zurcían ropas, preparaban los alimentos y no descuidaban ofrecer cualquier apoyo.
Por intrincadas montañas del Oriente cubano y parte de Camagüey, desafiando las inclemencias del tiempo, durante los 10 años que duró aquella primera contienda, se mantuvo cerca de las tropas donde también combatían sus hijos, sintiendo el dolor cuando alguno caía o era herido. No se amilanó mientras sobre su piel actuaba la inclemencias del tiempo o en sus pies aparecían las yagas tras largas caminatas por parajes agrestes.
Fernando Figueredo Socarrás, Brigadier del Ejército Mambí, conoció muy de cerca el quehacer heroico en la tupida espesura de tan digna familia: «¡Cuántas lágrimas supo enjugar aquella sublime matrona! Con cuanto cariño y con cuanta solicitud recibían en su casa al herido o al enfermo: cómo suplía aquella santa mujer el puesto de la madre ausente: cómo hacía que sus hijas, sus dignas y meritorias hijas, en unión de la bella María, la esposa de Antonio, ocupasen el lugar que la distancia fuera ocupado por una hermana […]Los patriotas conocían la casa. Todos hacían suyo aquel hogar. Aquella familia, era la patria y todos tenían derecho á ella […] Los heridos solicitaban ser cuidados por familia tan caritativa».3
Registra la historia que al atender a Antonio cuando recibió en un muslo la primera herida de guerra en el combate de Armonía el 20 de mayo de 1869, le dijo a su hijo más pequeño, Marcos: «Empínate, que ya es hora de que pelees por tu patria como tus hermanos».4Fue muy doloroso para ella —como los otros pesares que después vendrían—, conocer la muerte de su esposo Marcos, con grados de sargento en el combate de San Agustín de Aguarás el 14 de mayo de 1869.
Al finalizar la guerra del 68, a Mariana solo le quedan 4 hijos varones: Antonio y José, el Titán de Bronce y el León de Oriente; caerían en la guerra del 95 después de tantas acciones de heroísmo en los campos de Cuba; y Tomás y Marcos quienes sobrevivieron con sus cuerpos llenos de cicatrices. Sintió además la pesadumbre con la firma del Pacto del Zanjón el 10 de febrero de 1878 a consecuencia de las fuertes contradicciones dentro de las filas mambisas, pero se llenó de orgullo al conocer la rebeldía de Antonio al protagonizar la viril Protesta de Baraguá, quien calificó aquel hecho como «una rendición vergonzosa y por su parte inaceptable».
En aquel marco de acontecimientos, el Generalísimo Máximo Gómez Báez, después de entrevistarse con Maceo, dejó sus impresiones en su Diario de campaña el 19 de febrero de 1878 cuando visitó el campamento dónde estaba Mariana. Describe el descontento que allí reinaba: «[…] Fue una de esas noches tristes para mí metido entre todas aquellas mujeres tan patriotas, compañeras de nosotros en las montañas durante esa terrible lucha de diez años en donde tanto habíamos sufrido. Allí no se durmió esa noche, la pasamos, en tristes comentarios».5
Mariana emigró a Jamaica a finales de 1868. Nuestro Héroe Nacional José Martí la visitó el 12 de octubre de 1892 con la presencia de María Cabrales. «En el encuentro Martí intercambió impresiones con ambas mujeres y otros miembros de la familia allí presentes, y tuvo la oportunidad de escuchar en voz de sus protagonistas las vivencias en la pasada guerra, corroborando las ideas que sobre las patriotas se había formado. La imagen recibida superó sus expectativas, así lo evidenció tiempos después en carta al general Maceo, en vísperas de una nueva entrevista con la ‘querida viejita’: “[…] ahora volveré a ver á una de las mujeres que más ha movido mi corazón”»·6
El 27 de noviembre de 1893, falleció Mariana Grajales Cuello en Kingston, a raíz de una complicación del mal de Bright (enfermedad renal) y una congestión pulmonar. Al conocer la noticia Martí le escribió a Maceo: «Y de su gran pena de ahora ¿no ve que no le he querido hablar? En Patria digo lo que me sacó del corazón la noticia de su muerte: lo escribí en el ferrocarril, viniendo de agenciar el modo de que le demos algún día libre sepultura, ya que no pudo morir en su tierra libre: Ese, ese oficio continuo por la idea que ella amó, es el mejor homenaje á su memoria. Vi á la anciana dos veces, y me acarició y miró como á un hijo, y la recordaré con amor toda mi vida».7
Por su parte Antonio Maceo en medio de tanto sufrimiento le escribe a José Martí: «Ella, la madre que acabo de perder, me honra con la memoria de virtuosa matrona, y confirma y aumenta mi deber de combatir por el ideal que era el altar de su consagración. […] la conoció usted de cerca, cuando apenas podía oírsele hablar de las cosas de Cuba libre, como ella decía, de la Revolución, con la ternura de su alma y el encanto maternal que produce lo que se amasó con tanta sangre generosa y nos obliga al cumplimiento de nuestros deberes políticos».8
El 23 de abril de 1923, arribaron a su tierra natal a bordo del cañonero Baire, los restos de Mariana Grajales. Se cumplía un anhelo de Martí. El pueblo santiaguero acudió en masa al Ayuntamiento donde se expuso en capilla ardiente para rendirle homenaje póstumo. Al siguiente día una multitudinaria manifestación acompañó a la ilustre mambisa hasta el cementerio Santa Ifigenia donde fue inhumada.
En la actualidad descansa en el área patrimonial central de dicha necrópolis cerca de las tumbas de José Martí, nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz y Carlos Manuel de Céspedes.
Alarribar este 27 de noviembre al 130 aniversario de la desaparición física de un ícono de la mujer cubana, símbolo de lucha y orgullo, patentizamos el eterno homenaje con los fragmentos de un poema de Manuel Navarro Luna: Pecho fuerte y profundo/ —¡pecho como el de nadie!/ pecho firme y sereno/ en cuyos limpios y anchos causes/ desbordó sus latidos la libertad./ ¡Qué pecho de montaña sin sueño/ de bandera sin sueño, de aurora resonante/ el infinito pecho de Mariana Grajales!/.9
Referencias:
1 Colectivo de autores:Mariana Grajales Cuello. Doscientos años en la historia y la memoria, Ediciones Santiago, Santiago de Cuba, 2015, p.49.
2María Cabrales en carta a Francisco de Paula Coronado: José L. Franco: Antonio Maceo, apuntes para una historia de su vida, t. 1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, p.44.
3Archivo Nacional de Cuba. Donativos y Remisiones, leg.99, no.405.
4Diccionario enciclopédico de Historia militar de Cuba, Tomo 1, Biografías, Casa Editorial Verde Olivo, La Habana, 2014, p.144.
5Máximo Gómez: Diario de Campaña, p.140.
6José Martí: Obras Completas, t. 2, pp. 328-329. Carta de José Martí a Maceo, 25 de mayo de 1893, p. 47.
7Carta de José Martí a Antonio Maceo, Key West, 15 de diciembre de 1893, en Gonzalo Cabrales: Epistolario de héroes. Cartas y documentos históricos, p.17.
8Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales: Antonio Maceo, Ideología Política. Cartas y otros documentos, Carta de Antonio Maceo a José Martí, San José de Costa Rica, 12 de enero de 1894, vol. 1, pp.339 y 340.
9Manuel Navarro Luna, en:Colectivo de autores:Mariana Grajales Cuello, p.134



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