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Hace algo más de cuatro años, en momentos en que trabajaba como investigador del Centro de Estudios Militares de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, recibí la visita del coronel de la reserva José Alberto León Lima, un héroe cubano con mucho que contar, sobre todo, del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, de quien fue escolta y chofer, en los primeros años de la Revolución.

 

Excelente comunicador, Leoncito, como todos lo conocen, es sin embargo un hombre más bien tímido, sencillo, y en exceso modesto. Poseedor de una memoria proverbial y amplia capacidad de observación, guarda en su privilegiado cerebro los detalles de muchos acontecimientos que le tocó vivir. Después de varias horas de conversación, me pidió le ayudara a escribir sus memorias. Lo convencí de que solo él podía ser el autor de un testimonio que, con toda seguridad, sería cautivador.

En estas páginas el lector podrá revivir los cinco días y cuatro noches de viaje por trece ciudades capitales y decenas de poblados y bateyes que recorrió la Caravana que trasladó las cenizas del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, desde La Habana hasta Santiago de Cuba, donde reposan eternamente. Crónica contada desde la visión periodística de sus autores, quienes junto al pueblo cubano fueron testigos de un suceso que nunca había vivido la nación, y que tal vez jamás vuelva a suceder en Cuba.

Noventa escalones para ascender a la cima de una vida dedicada a los demás, a Cuba, al mundo, a la humanidad.

Era solo un niño y, aunque tenía una cómoda situación familiar, sufrió el hambre que aún hoy padecen millones de infantes en el mundo, a pesar de su estímulo cotidiano a la solidaridad mundial.

Era solo un niño, pero no admitió la vejación ni siquiera de parte de sus superiores. Desde temprano, la estirpe de hombre libre corrió por sus venas.

Era solo un adolescente, apuesto e inteligente, gallardo y muy estudioso, cuyo futuro fue avizorado desde entonces.

Era solo un joven e hizo repicar de nuevo la campana de la Demajagua para que los estudiantes, y la juventud del país y del planeta reclamaran los derechos de quienes se saben con razones e ideales suficientes.

Era solo un joven aquel que hizo desbordarse, en nuestras calles, un mar de cubanas y cubanos, cuando la Marcha de las Antorchas.

Era también solo un joven aquel que con su sangre generosa escribió millones de nombres en tan solo cinco letras: Fidel.

Es él en cada niño, adolescente o joven que le imita, que le sigue, que le ama, porque son grandes, desde que nacen, aquellos que con su ejemplo escriben un sinnúmero de historias en tan solo una palabra: justicia.

Las autoras

Hace ya mucho tiempo leí que Fidel Castro es una de las personalidades más fotografiadas de su tiempo. No tengo duda alguna de que así sea, debido a su larga ejecutoria pública por casi cincuenta años: sus viajes por diferentes países, su presencia en numerosos foros internacionales y sus tantos encuentros con otras personalidades de relieve mundial de las más variadas esferas sociales. Todo ello, desde luego, explica por qué las lentes le persiguieron por todas partes: no se entienden el siglo xx y los inicios del actual sin su presencia, siempre activa, renovadora, cuestionadora, como el mismo proceso revolucionarioque encabezó.

Noventa escalones para ascender a la cima de una vida dedicada a los demás, a Cuba, a su América, a la humanidad.

Era solo un niño y se manifestó en defensa de su dignidad.

Era solo un joven y se pronunció contra la corrupción que imperaba entonces en la Universidad habanera y en toda la sociedad cubana.

Era solo un joven cuando hizo repicar de nuevo la campana de la Demajagua para que los estudiantes y la juventud, del país y del planeta, reclamaran los derechos de quienes se saben con razones e ideales suficientes.

Era solo un joven cuando hizo desbordarse en nuestras calles un mar de cubanas y cubanos en la Marcha de las Antorchas.

Era solo un joven, cuando a la cabeza de un centenar de combatientes se propuso alcanzar el cielo por asalto y librar su tierra de la tiranía.

Era ya un líder cuando comprendió la necesidad de reclamar los derechos de cada cubano con las armas en la mano.

Era ya un líder cuando al frente de los barbudos protagonizó la Caravana de la Libertad.

Era ya un líder cuando se convirtió desde ayer y para siempre en conductor de nuestro pueblo y figura de talla mundial.

Por eso, es él en cada niño, joven, hombre o mujer que le imita, que le sigue, que le ama, que expresa “Yo soy Fidel”… Porque son grandes, desde que nacen, aquellos que con sus nombres escriben millones de historias en solo tres palabras: justicia, dignidad, libertad.

Rafaela Valerino Romero

Noventa escalones para ascender a la cima de una vida dedicada a los demás, a Cuba, a su América, a la humanidad.

Era solo un jovencito y se pronunció contra la corrupción y el gansterismo que imperaban entonces en la Universidad habanera y en toda la sociedad cubana; lleno de valor enfrentó la amenaza, incluso, a costa de la propia vida.

Era solo un joven y comprendió el valor de la solidaridad, de la hermandad, y se pronunció a favor de los pueblos de Puerto Rico, Nicaragua, República Dominicana; de los excluidos y desprotegidos del mundo.

Era solo un joven e hizo repicar de nuevo la campana de la Demajagua para que los estudiantes, y la juventud del país y del planeta reclamaran los derechos de quienes se saben con razones e ideales suficientes.

Era solo un joven e hizo desbordarse, en nuestras calles, un mar de cubanas y cubanos, cuando la Marcha de las Antorchas.

Era solo un joven, cuando a la cabeza de un centenar de combatientes se propuso alcanzar el cielo por asalto y librar a su tierra de la tiranía.

Por eso, es él en cada niño, adolescente o joven que le imita, que le sigue, que le ama, que expresa “Yo soy Fidel”… Porque son grandes, desde que nacen, aquellos que con sus nombres escriben millones de historias en solo tres pa-labras: justicia, dignidad, libertad.

Rafaela Valerino Romero

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